El lenguaje del amor

No siempre se conecta con las personas, se nos dice que hay múltiples barreras que impiden llegar a ellas. Son barreras ajenas, unas veces, y propias, otras tantas. Lo que parece que estén de acuerdo todos es en que no logramos transmitir aquello que queremos plenamente, ni la otra persona logra entender completamente lo que le decimos. Llegados a este punto, ¿vale la pena dialogar, entablar una conversación? Parece que salimos todos perdiendo. Muchos recurren a una simple discusión sin entrar en detalles ni complicaciones. Otros tantos deciden meterse de lleno en una conversación sin importarles la otra parte, van directos a soltar su discurso. ¿Hay una tercera parte? Sí. Siempre, entre todas las adversidades, hay una alternativa.

Reconozco que no hace mucho tiempo me dejaba llevar por esas simples discusiones e incluso por ese soltar mi discurso. También recuerdo que, interiormente, dotaba de valor a las personas según lo que me aportaran estando con ellas conversando una tarde. ¡Como si yo pudiera darles o quitarles dignidad! Es tan fácil cegarnos y cerrarnos al don del otro… ¿Cómo recuperar la vista? A través del lenguaje del amor. Todo lo que no esté bañado por ese amor no va a ninguna parte, es más, nos deja estancados en el egoísmo. ¿Qué ganaba yo al soltar mi discurso, a no dejar entrar el ser del otro en mi vida? Sólo ganaba más egoísmo y me alejaba de esas personas. Y de la vida. Y de mí misma. Cada vez se desconoce más creyendo poseer un conocimiento sublime de las cosas y de las personas sin entrar en ellas. Y no se puede llamar conocimiento a algo que no se ha experimentado, es decir, vivido en primera persona. Lo que está ocurriendo no es más que la pérdida del asombro ante la novedad del otro. Y, ya sabemos, sólo el asombro conoce. ¿Por dónde continuar?

Por la alternativa: el lenguaje del amor que da título a esta reflexión. Ni se pierde nada por no transmitir plenamente, ni se acaba el mundo por no hacernos entender plenamente. Quien hace de puente de esa pequeña distancia entre quien habla y quien escucha es el amor. ¡Vaya cursilada! Haced la prueba y luego me decís. No hay nada que le pase desapercibido al amor. No hay situación que no resuelva el amor. No hay diálogo que no fecunde el amor. No hay acercamiento que no posibilite el amor. ¿Y dónde está el amor en una conversación entre dos personas? En actos concretos. En el olvido de sí de cada uno. Ese amor se palpa cuando acogemos completamente a la persona que se tiene delante: sus gestos, las palabras y silencios que emplee; acogiendo su forma (tan distinta, tan cercana, tan peculiar) de expresarse; acogiendo su (alta/baja ¿realmente importa?) inteligencia; acogiendo su (tan profunda, tan verde, tan herida, tan poca) historia. El amor se hace presente cuando somos conscientes de quién tenemos delante, cuando estamos para esa persona en ese momento, cuando la miramos y acogemos tal cual es: sin querer cambiarla, ni adecuarla a mi discurso ni convencerla.

¿Quién utiliza el lenguaje del amor? ¿Quién se deja seducir por él? Quien realmente ama. Quien busca el encuentro. Quien anhela una compañía. Simplemente, quien es humilde. Y me quedaba con esta palabra porque contiene el quid de lo que quisiera transmitir. Humilde viene de humus,  “del suelo, de la tierra”. Si nos moviéramos por la virtud de la humildad nos ayudaría a recordar de dónde partimos y desde dónde tenemos que partir: de lo conocido y alcanzable para todos. Y, a partir de ahí, empezar a construir juntos hacia arriba, nunca hacia abajo como ocurre cuando una persona se siente por encima del otro y no hace otra cosa que provocar el caos, la no comunión, el rechazo. ¡Vivamos la cultura del encuentro, no la del descarte! El lenguaje del amor no da a nadie por perdido, reconoce y refuerza la dignidad del otro y hace que nazca un vínculo entre las personas. Y este vínculo es, precisamente, la firma del amor presente y palpable en una conversación entre dos personas.

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