Hablando de fe (IX)

Han pasado unas cuantas semanas hasta una nueva fecha importante en el calendario de los católicos. ¡Y mira si es importante! Hoy celebramos Cristo Rey. ¿Rey de qué? Del universo, del mundo entero. ¿Por qué quiere ser rey? No es el título lo que busca Jesús. No, eso se lo deja a los lujuriosos. Él busca ser el rey de nuestro corazón, de nuestra vida, de nuestro devenir en la tierra. ¿Por qué? Porque estamos hechos de una pasta débil, y por mucho que nos empeñemos no somos capaces de gobernar nuestra vida. Solos no. Es por esto que pide entrar de lleno en la vida de cada uno para llevarle Luz, sentido, y magnanimidad de corazón y de miras a su pobre existencia. ¡Qué grande se hace con Él en ella!

No somos capaces de gobernar nuestra vida. Siempre hay algo que se nos escapa. Y no por falta de interés y compromiso. ¡Por nuestra debilidad! Y a veces no sólo por ésta, sino también por nuestra insistencia en querer hacer las cosas yo, mi, me conmigo. Otras tantas, dejamos que la comodidad acampe, bajamos la guardia, apartamos los límites de nuestra vista, y nos volvemos blandos. De esto modo abrimos la puerta a la superficialidad, al gusto de los sentidos, al gozo de las cosas terrenas. ¿Es así como queremos vivir? Hay una diferencia abismal entre vivir como dueños y señores de nuestras vidas, y dejar que sea Otro quien lo sea. Verdad. Libertad. Autenticidad. Magnanimidad. Pureza. Todas las virtudes pueden ser alcanzadas y acogidas para siempre, la lucha se hace amena, el vivir más alegre, amar es el modus vivendi, y darse ya no es sacrificio sino la propia vida. ¡No se quiere vivir ya de otra forma!

Pero, sí, siempre hay un pero. ¿Cómo vivir así, cómo dejar que Otro sea dueño y señor de nuestros pasos en la tierra? Hay que ser humildes. Dejarse hacer. Soltar las riendas. Confiar. Es el gran pero en alguien como nosotros, pues nos cuesta perder algo para ganar algo más grande. ¡Es por falta de experiencia! Y por tener la mirada apagada. Si nos fijáramos en quien ya vive así, si dejáramos que esas personas nos guiaran, si las quisiéramos conocer, si las escucháramos, si acogiéramos sus palabras… Y si cada uno fuera valiente para reconocer que sólo no puede, que necesita de Otro y de otros para ser él mismo, si dejáramos de lado tantas máscaras y falsas identidades… ¿Por qué cuesta tanto ese pero?

No queremos perder nuestra libertad de hacer lo que pensamos que es lo mejor para nosotros. De decir lo que pensamos es la mejor opinión. De decidir lo que pensamos que es la mejor opción. Lo queremos hacer, decir y decidir solos, sin contar con nadie más. Porque es nuestra vida. Es nuestra obra. Es nuestro proyecto. Y nos olvidamos de que somos seres en relación. De que también en nosotros existe la comunión y que sin ésta no podemos realizarnos en plenitud. Sólo necesitamos estar abiertos a la relación, a salir de nosotros mismos, a soltar amarras. Dar ese salto de fe que nos falta. ¡Somos capaces de hacer puenting, pero este salto se nos resiste! ¿Cómo he podido dejar que Otro guíe mi vida? Ha costado, pero con testimonios de otras personas y por propia experiencia, puedo decir que espero sin esperar nada salvo lo mejor para mí. Sin los demás, no puedo. Y sin dejarme hacer, no puedo.

Hoy, deja ir, suelta amarras, ábrete a la relación. Déjate sorprender por Alguien que no quiere nada más que hacerte feliz contando contigo, nunca forzará nada. Tu libertad es tuya y de nadie más. ¿Vas a saber ponerla en juego?

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