Una de abrazos, por favor

¿Alguna vez has descansado en brazos de una persona? Hay momentos en los que sólo se necesita un abrazo, alguien que nos sostenga por unos minutos, que acoja nuestra vulnerabilidad, que sea nuestro descanso. Esos momentos son pocos a lo largo de nuestra vida, quizás para otros se dan de costumbre, y en otros sea algo muy raro en su vida. Pero lo importante aquí es el gesto: unos brazos que sostienen. Una persona que acoge. ¿Qué sostienen esos brazos? ¿Qué acoge esa persona?

Hay pocos gestos sanos de afecto a nuestro alrededor. Vamos por la calle sin mirarnos, sin pedirnos perdón cuando chocamos con alguien, sin ceder el paso a quien más lo necesite, sin dar la mano al que se ha caído… Sin regalar una sonrisa a quien pasa por nuestro lado. ¿De verdad hay pocos gestos? Menos de los necesarios. ¿Son necesarios? Según un conocido mío la vida es un afecto. Todo está tocado por la relación de un tú con un yo, nada queda fuera de esta comunión entre dos personas, o persona y objeto, o persona y fenómeno de la naturaleza. Todo cuanto se pone delante de nosotros mismos tiene una propuesta afectiva. ¿Por qué no advertirla, acogerla y responderle?

Pero estábamos hablando de un gesto afectivo por excelencia: el abrazo. Nos abrazamos cuando nuestro equipo mete un gol, cuando nuestro grupo canta una canción emotiva, cuando nos dan una buena o no tan buena noticia, cuando nos despedimos de alguien al irnos de viaje, cuando muere un familiar, cuando nos toca la lotería, cuando celebramos Año Nuevo, cuando aprobamos las oposiciones o aquel difícil examen, cuando nos graduamos, cuando nos compramos la casa de nuestros sueños, cuando encontramos a esa persona, cuando hace frío, cuando vemos de nuevo a alguien después de mucho tiempo, cuando nos reconciliamos… ¿Sólo nos abrazamos en esos momentos concretos, no podemos regalar abrazos, adelantarlos, y ofrecerlos más a menudo?

Quien ha caído en brazos de una persona sabe que esas ocasiones se quedan cortas porque son concretas de un momento, y se pregunta por qué no recibe o puede dar abrazos en otras tantas ocasiones o con mayor frecuencia. Y no hablo de afectividad barata, gestos dados sin sentido y a cualquiera. No. La afectividad nos impulsa al bien común, a crecer con el otro y no a costa del otro y en beneficio propio, donde cubro mis necesidades y me olvido del mundo. A veces nos dejamos llevar, robamos afecto, y otras tantas, no nos damos cuenta ni somos conscientes de este hambre de afecto que nos acecha. ¿Y no sabemos que es por el déficit de una afectividad sana? Un abrazo a tiempo, con la persona adecuada y en la situación oportuna lo arregla todo.

En esos brazos que sostienen toda nuestra persona, las preocupaciones que nos pesan, los pensamientos que nos atormentan, las situaciones que nos agobian, el descanso no sentido, la paz no recibida, el amor no vivido. Esos brazos nos sostienen por entero, no dejan que nada de ésto se quede sin lugar donde reposar y poder respirar. La persona acoge nuestra vida por entero, al conocerla es como si fuera el guardián de lo más valioso de nosotros. Es un gesto bonito y humilde. No hay nada más auténtico y atractivo que dos personas que se muestran vulnerables y confían en la otra persona. Esos brazos que nos sostienen y esa persona que nos acoge convierten una preocupación o situación adversa en esperanza. Un cansancio en descanso. Una inquietud y falta de amor en paz y caridad. Un abrazo llena nuestra alma, renueva nuestro corazón e impulsa nuestra persona.

Un abrazo no es cualquier cosa, así que cuando abraces recuerda abrazar a la persona por entero (su vida, sus pensamientos, sus preocupaciones, sus alegrías, sus tibiezas, sus debilidades, sus ilusiones, sus miserias…). Si ves a quien pudiera necesitar de un abrazo, ofrécete. Si fueras tú quien lo necesitara, pídelo. Tenemos mucho que sostener y acoger. Necesitamos que nos sostengan y acojan.

 

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7 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Por eso no me gustan los abrazos. No quiero ser más vulnerable. No soporto el tacto repentino y menos un abrazo que está repleto de contacto. Sé que hablas de abrazos sanos, pero yo no los encuentro saneadores. Basta mirar. Se han caído últimamente tres mujeres ante mis ojos en un periodo de meses. Ante mi falta de reacción me han insultado y mirado mal. Las personas beneficiadas no han mostrado gratitud, bastante tenían las pobres. Yo he caído también con gran estrépito. Hice el esfuerzo de no mirar en busca de ayuda porque sentía vergüenza. Nadie me ayudó, por suerte, y pude levantarme rápido aunque ya no podía correr.

    La vida obliga a abrazar. Las personas mayores pueden resultar menos apetecibles a la hora de cogerla entre los brazos. Pues ahí me ví yo. Una señora mayor caía hacia atrás con mucho peligro de hacerse daño porque tenía una pierna pillada por la puerta del bus que se cerró. La cogí por los sobacos y la salvé de partirse la crisma. Por estar apartado de la cola junto a la puerta esperando entrar el último. No me dio las gracias (ni necesidad) pero discutió con el conductor. Los otros me miraban y relataban el suceso mientras mi vergüenza les daba la espalda y escapaba la vista por la ventana.

    Abrazar por entero. Solo acepto el de mi esposa. Aún así, no soy capaz de acoger nada. Estoy repleto de mí mismo, de mi visión negativa. Así sucede que mi abrazo no entrega nada; porque estoy vacío. Te cuento cosas que no son bonitas. Rechazo los abrazos, pero de forma inconsciente. Me quedo mirando sin ayudar, pero sufro tanto por no haberlo hecho que es ahora cuando lloro.

    Sin embargo vengo aquí. Leo los títulos de tus textos. Me detengo en este. Miro tu sonrisa limpia. Vuestra sonrisa en eventos remotos y en lo cercano. Te veo luchar con tu rodilla, dar un paso más. No te envidio. Puro desgaste. Pero aquí estoy. Dedicándote unas palabras que me llevan largo rato.

    Y vengo aquí porque tú tienes una fuente de luz. La veo. Las hay más cerca. Pero no quiero. Sé que encontraré alguna serenidad aquí y no habrá sermón de retorno. Aquí abunda la fe y yo no creo en ella. Qué cosas.

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    1. ¡Fermín! No creas que me he olvidado de ti o que este mensaje me es indiferente… ¡todo lo contrario! He tenido que compartirlo con una buena amiga que solía comentarme aquí también.

      Lo he leído más de un par de veces, me pareces muy sincero y humilde. Hay en ti “algo” que te tira a querer conocer o a no romper esta relación que has descubierto. ¡Y me encanta! He rezado por ti, creo que hay algo para ti aquí, y en esa amistad con esa amiga que me comentabas al principio. GRACIAS por leerme, por apreciar lo que recibes en mis palabras y por atreverte a mostrarte mendigo de “algo” que todavía no sabes qué es, pero que a mí me gustaría darle un nombre para ti.

      Si me lo permites, quiero escribirte al correo.

      ¡Un saludo!

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  2. suena bien! debería de existir una cadena de abrazos gratuitos infinitos. La experiencia me hace decir que son geniales!

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    1. Algo hay por ahí llamado “abrazos gratis” (free hugs), ¡estoy de acuerdo: son geniales! Me alegra que hayas tenido esta experiencia, ¡no dejes de tenerla! Ofrécela cuando no la veas vivir a tu alrededor. ¡Saludos!

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  3. Amparo Suay dice:

    Comparto Rocío poniendo la autoría y enlace a tu blog. Me ha encantado. Un fuerte abrazo, nunca mejor dicho ;-)

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    1. ¡Amparo, qué alegría leerte por aquí! Muchas gracias por tus palabras y por dar eco a estos abrazos.

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