En terreno inexplorado

Cuando éramos unos niños nos tocaba aguantar largas sobremesas con adultos e incluso esos momentos de espera en el sofá mientras se seguía hablando. Quizá era con nuestra propia familia, con los amigos de nuestros hermanos mayores o cuando nos llevaban a participar en algún evento donde había mucha interacción con personas mayores a nosotros. Y ahí estábamos nosotros, en medio de toda esa curiosa estampa, esperando a encontrarnos con otros niños para empezar a pasar un rato agradable. Intuyo que esto es lo que todo niño vive cuando se rodea de adultos. Lo estoy suponiendo pues yo no recuerdo haber vivido algo así o si lo he vivido, lo aguanté bien… En cualquiera de los casos, este último tiempo ando observando esto mismo. Me he rodeado de multitud de momentos con adultos, y esos adultos con sus hijos y he podido ver que esos niños no encajaban. Esos niños tendrían que cumplir la mayoría de edad para despertar cierto interés en lo que los adultos pudieran hablar, y quizá ni eso, pues hoy cuesta conectar con ellos. Pero, a la vez, es bonito ver la inocencia de cada edad, lo que es interesante para unos y para otros, y cómo van desarrollándose con el paso del tiempo: cómo un hermano o amigo incita a conocer más, cómo acelera los tiempos de aprendizaje o cómo hace que pierda miedos cuanto antes.

Desconozco si los tiempos se han invertido y ahora tengo la oportunidad de vivir todo aquello que intuía de los niños entre adultos. Pero con una salvedad: en mí hay interés. Es como esta niña de la foto que mira y escucha atenta a esa gente mayor con una sonrisa en su rostro. Está a gusto entre esa compañía. Está en familia con esos adultos. Está contenta por tener tanta sabiduría a su disposición. Se siente privilegiada por contar con semejante experiencia de vida a su alrededor. Es una vivencia nueva y, al mismo tiempo, como si se reconociera e incluso se esperara. Hay en este escuchar y rodearse de personas así algo inexplorado en su totalidad, pero que atrapa, atrae y se necesita de alguna forma. Y es verdad, una se siente como una niña entre adultos que llevan una trayectoria considerable en su vida: llena de pruebas y de tantas vivencias que les han hecho ser las personas sólidas que son hoy. Esta niña no sabe qué decir, no tiene qué decir. Sólo quiere seguir empapándose de lo que ve, de lo que escucha, de lo que preocupa y de lo que apasiona a estas personas que están en su vida. Esta niña está adquiriendo criterio, además de experiencia en esos terreros inexplorados que está empezando a recorrer.

A principios de mes fui a Burgos y allí un grupo de personas estuvimos conversando largo y tendido. Entre muchas otras cosas, recuerdo que comentamos un concurso literario que iba a vencer a mediados de mes y que consistía en escribir un artículo sobre la huella que dejan nuestros mayores. No pude sacar el tiempo para escribir, pero sí que pensé que me encantaría poder hacerlo pues me parece un tema importante y con el que conecto bastante. Ahora, hablando sobre esas personas adultas y mayores con las que me relaciono, no he podido evitar recordar ese artículo pendiente y que bien podría introducir aquí con lo que estoy expresando. A veces podemos tener sentimientos encontrados pues queremos y necesitamos escuchar la sabiduría ganada por la experiencia de estas personas, y otras deseamos que no sigan hablando pues nos tocan algo personal que no queremos que se adentren ahí. Pero, ¿no es esta la huella de nuestros mayores, esa capacidad de abrirnos horizontes nuevos y de hacernos ver aquello que entorpece nuestra mirada y vivencia personal de nuestra realidad? Supongo que necesitamos reconocer esto para tener respeto por nuestros mayores y sentir admiración por ellos. ¡Todos ganamos! Ellos, nuestros familiares y amigos adultos, por poder donar su vida, su testimonio, su historia personal a nosotros. Y nosotros, niños y jóvenes en la vida, por poder crecer hacia adentro y en verdad por todo lo escuchado, visto y acogido de ellos.

Hay otro sentimiento encontrado y es el de, por un lado, querer adquirir toda esa experiencia, interiorizarla y ponerla al servicio en seguida, como ellos; y por otro lado, no querer crecer y seguir en ese estado de oasis disfrutando de la compañía y sabiduría de estas personas que nos llevan varios pasos por delante. Bien sabemos que la vida no funciona así, al menos, para quien toma decisiones y sigue el curso natural de su proceso personal. Sabemos que todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar; tiempo de matar, tiempo de sanar; tiempo de destruir, tiempo de construir; tiempo de llorar, tiempo de reír; tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar; tiempo de arrojar piedras, tiempo de recogerlas; tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse; tiempo de buscar, tiempo de perder; tiempo de guardar, tiempo de arrojar; tiempo de rasgar, tiempo de coser; tiempo de callar, tiempo de hablar; tiempo de amar, tiempo de odiar; tiempo de guerra, tiempo de paz. Y saber la diferencia de cuándo es tiempo de una cosa y de otra nos hablará de que ya estamos preparados para dar el siguiente paso. Quizá ya podemos ser esa persona de referencia para otra. Espero que podamos hacer experiencia de todo esto pues he observado que cada uno de nosotros necesitamos y nos hace mucho bien rodearnos de narrativas de vida que signifiquen y hablen a nuestra propia vida.

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