Humanos, siempre humanos

Unos meses atrás me enteré de que un filósofo al que suelo seguir la pista había escrito un nuevo libro. Se titula Humano, todavía humano. Al ir a escribir en este espacio y pensando en lo que quería expresar me venía ese título, pero no podía plagiarle o dar a entender que sería una reseña del mismo. Él, intuyo, resaltará la importancia de recordarnos que seguimos siendo humanos a pesar de todas las innovaciones tecnológicas y el incipiente transhumanismo que aparece ya en nuestra sociedad. Yo, en cambio, quiero resaltar que no vamos a dejar nuestra condición humana en todo lo que vivamos. Por eso he decidido parafrasearle y poner este título que también me gusta. Está claro que nos interesa lo mismo: la persona. ¿Y por qué la persona? Porque, al fin y al cabo, eso es lo que somos, eso es lo que soy y de lo que puedo hablar. ¿Y por qué hoy? Porque ha sucedido algo que ha puesto en evidencia esto mismo.

¿Cómo ha empezado todo? Terminaba una de tantas conversaciones telefónicas. Siempre me preparo y la acojo con papel y bolígrafo para ir anotando lo que considere importante recordar o lo que me haga tener una idea de lo hablado. También, no os voy a engañar, para poder garabatear o hacer dibujos al azar según se va dando la conversación. Me ayuda a estar centrada en la voz de la persona que tengo al otro lado de las ondas. Pero volviendo a lo importante, había finalizado la conversación y di la vuelta al folio. Me fijé en lo que había dibujado: una especie de rombos que los unía una fina línea. Me puse a rellenar esos rombos con palabras sueltas y luego a concretar esas palabras con otras palabras en las líneas que unían los rombos. Me encontré escribiendo sobre la aceptación, el reconocer nuestra humanidad, el dejar salir, el pedir y, finalmente, sobre la necesidad personal o el saberse querido. No sé por qué surgió todo esto… ¡y con tanta agilidad! Pero heme aquí dando una salida a esa pequeña reflexión garabateada en un papel en sucio.

Os he mentido. Sí sé el porqué de lo escrito en los rombos. Tuvo que ver esa conversación que tuve y las que he ido teniendo a lo largo de este mes. Se corresponde, también, con vivencias personales. Cuán importante es trabajarse la parte humana, nuestro yo, para madurar y vivir en plenitud (¡con todas las de la ley!) lo que estemos llamados a vivir. Y el primer paso pasa por aceptar. Hay que ver lo que afecta el resistirse a llamar a las cosas por su nombre, lo que daña evitar hacer frente a la realidad, la negación de lo evidente que no hace más que señalarnos algo sobre nosotros y ya está, sin más. Escribía al lado de la palabra aceptar el estar en paz. La experiencia me ha demostrado que hay una correlación entre la aceptación y el estar en paz con uno mismo. No existe ya esa tensión interna por esconder algo de nosotros ni ese empeño por desviar la mirada ante nuestra realidad más auténtica.

Sigo con el folio en sucio. Ahí dejaba plasmadas otras palabras tras la aceptación. Pensaba en reconocer la humanidad. Nuestra humanidad. ¿En qué exactamente? En todo aquello que hacemos, pero sobre todo en esas cosas que nos avergüenzan o hablan de una parte de nosotros que no gusta. Supongo que tiene mucho que ver con la aceptación. Una vez sabemos que aquello forma parte de nosotros, sólo queda admitir que hemos topado con nuestros límites. Y estos hablan de nuestra condición humana que llega hasta donde llega y da para lo que da. Todo esto me hablaba, además, de reconocer no solo ya nuestra humanidad sino también el que solos no podemos llegar a todo, que hay una parte que es de Dios; vamos, que le corresponde a él. ¡Y qué alivio! No tenemos porqué cargar con la totalidad de nuestra vida y lo que ello conlleva (cada uno sabrá).

Y, después de toparnos con nuestro límite necesitamos dejar salir eso que nos limita o que acabamos de reconocer. Se lo podemos dejar a Dios mismo o lo podemos descansar en alguien de confianza. Dejar salir aquello que nos pesa nos permite mirar a las cosas con otra perspectiva y con ánimo. Diría, también, con esperanza. Así sí se puede vivir un día tras otro. Espera, quizá he ido muy deprisa. ¿Dejar salir? Y eso, ¿cómo se hace? Expresando. Dejar salir es expresar en espacio seguro aquello que te duele, te pesa, te incomoda o te imposibilita vivir aquello que estás llamado a vivir o quieres vivir. A veces no es fácil detectarlo o no sabemos cómo expresarlo, pero bien sabemos que algo no funciona. A partir de ahí es encontrar con quién o en dónde dejarlo salir. Es una forma sana de despojarnos de lo que nos imposibilita respirar con tranquilidad o nos quita el sueño por la noche.

Hay algo más que dejé escrito en el folio en sucio: necesitamos pedir. Nos ayuda pedir. A veces nos va la vida en pedir. La actitud de pedir no es algo que nos salga innato o con facilidad. Incluso, diría, que no está bien vista ya que suele tener connotaciones negativas pues denota debilidad. Pero, ¿acaso no todos estamos necesitados y, por tanto, necesitamos pedir aquello que necesitamos? Si no, ¿cómo va a saber el otro lo que necesitamos? Que yo sepa nadie (humano) sabe leer mi mente ni puede ver mi interior. Cuando escribía esto de pedir ponía al lado el saber recibir o el acoger aquello que se me da. Claro, cuando uno pide sabe que cabe la posibilidad de recibir. Entonces, ¿cómo es nuestra actitud de acogida o de recibimiento? ¿Avergonzada o agradecida? ¿Oculta o a la luz?

Terminaba la sucesión de palabras en el folio con la necesidad de sentirnos queridos, de ser queridos. Es una necesidad básica humana. Es como el motor que nos hace funcionar de forma plena, segura y en confianza. Sólo hay que experimentarlo para entenderlo. Cuando te sientes amado o sabes que eres querido te ves capaz de todo, nada te parece imposible, tienes una fuerza interior que nadie puede robarte. Es casi matemático, no digo que lo sea porque entonces dejaría de ser humano. Pero es tan evidente. Fijaos en vosotros mismos y en la gente que os rodea o a la que queréis. Este aspecto tiene dos caras. Una ya te la he mostrado; es la de la necesidad que tenemos de que los demás estén para nosotros. La otra, se trata de que nosotros estamos también para los demás. Es un bonito capicúa esto de amar y ser amado.

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