«Por un año más, un año menos»

Desconozco si tienes la (bonita y buena) costumbre de coger tu agenda tal día como hoy y repasar lo que ha sido el año. Claro, esto lo harías si tuvieras una agenda de papel y anotaras ahí los acontecimientos importantes de tu vida o, no sólo eso, también lo que has ido viviendo cada día. A mí el día de hoy me invita a hacerlo, además de querer dejar plasmado en palabras lo que me inspire o recuerde. Reconozco que siempre intento pensar por mí misma y recordar lo que para mí ha sido el año actual. Pero al repasar la agenda me llevo una sorpresa tras otra… ¡cuántas cosas vividas, cuántos encuentros, cuánto de todo! Que no cabe en una entrada de blog. En fin, me gusta recordar lo que he vivido antes de tirar la agenda, y reservar un momento del día para compartirlo con Dios. Aquí vuelvo a encontrarme, un año más, delante de una página en blanco que en realidad está más llena que nunca (esto lo podría decir de cada año). A ver si logro transmitir lo que dan de sí 365 días en una vida. ¡No esperes estadísticas! Me asombra más acercarme a lo que estas hacen referencia.

¿Por dónde empezar? Por la novedad. Me gusta lo nuevo y estoy abierta a ello, pero es cierto que requiere tiempo de adaptación y paciencia para ir adquiriendo la experiencia que no se tiene. Echando la mirada atrás he comenzado un camino en la comunidad Fe y Vida que conlleva mucha novedad en mi vocación tanto profesional como personal: misionera, comprometida de por vida, célibe, articulista, que habla ante la cámara y los hermanos de comunidad, etc. Todo ello implicando un compromiso considerable. Este también ha sufrido una novedad por mi parte: más lleno de verdad, de orden y de firmeza. ¡Qué importante es la claridad! En una de tantas conversaciones que he tenido con una persona que me acompaña en este camino me decía: «eres nueva». Soy nueva en muchas cosas que he emprendido y me recordaba que no tenía que perder eso de vista. Así que estos 365 días han estado llenos de experiencias que me han ayudado a conocerme ahí, ir construyendo, limando asperezas y resolviendo dudas y miedos.

Y de miedos quería hablar. Ha habido novedad también en las emociones y sentimientos que han aflorado en mí. ¡No soy de piedra! A veces es bueno recordarnos esto porque si no pasamos impasibles por la vida y nada nos habla, interpela o mueve a vivir. He tenido miedo de no dar la talla, de no conseguir lo acordado, de ir rápido, de no llegar, de decepcionar, de cometer errores, de vivir una mentira, de apostar por mí, de dar una imagen que no es, de fallar, de no vivir lo que dije, de no hacer las cosas bien, de volver a vivencias pasadas, de no ser sincera, de ser orgullosa… Si te sorprende que hable de estas cosas sin vergüenza alguna es porque ya las he hablado antes con las personas que tengo a mi lado. Aunque la vulnerabilidad está presente quiero compartirlo contigo y me animo a hacerlo así gracias a la lectura de un libro que estoy disfrutando mucho y que lo escribe una mujer hablando precisamente del poder de ser vulnerable.

Y dicho esto, ¿por dónde seguir? Por el encuentro. Yo no dejo de maravillarme ante lo que es capaz de hacer el ser humano cuando decide compartir su vida con otros y quiere encontrarse con ellos. Desde que el papa Francisco hablara de la «cultura del encuentro» no ha habido momento entre personas en los que no haya encontrado y vivido lo que esa cultura es y muestra al mundo. Doy gracias a Dios por tener a mi lado personas que vibran con la vida, que están despiertas y me mueven a hacer un tanto de lo mismo. Estos 365 días han estado llenos de encuentros con personas de tú a tú o, si lo prefieres, de corazón a corazón, de compartir y dar a conocer lo que estoy viviendo o sufriendo, de afianzar la propia identidad y de tratarme con bondad, de disfrutar acompañada de largos paseos a primera hora de la mañana, de excursiones interesantísimas y llenas de belleza con personas amantes de la naturaleza, de senderismo por tierras verdes y muy vivas, de acompañar a personas en sus luchas, de estar pendiente de la vida de un niño y compartir la alegría de su salud, de alegrarme con el compromiso matrimonial de amigos y hermanos, de hablar en la verdad y no esconder quien soy, etc. En todos esos momentos notas tu corazón latir con fuerza de la emoción, de la alegría de saberse acompañado y eres consciente de que estás vivo ¡y que te queda tanto por vivir! Quiero más de esto y por eso te pongo aquí las palabras de Francisco que tan bien lo explican:

A menudo las personas se cruzan, pero no se encuentran. Cada uno va a lo suyo: ve pero no mira, oye pero no escucha. El encuentro, en cambio, es otra cosa. Todo encuentro es fecundo. Todo encuentro restituye las personas y las cosas a su sitio. Estamos acostumbrados a una cultura de la indiferencia, y debemos trabajar y pedir la gracia de hacer una cultura del encuentro, de ese encuentro fecundo, de ese encuentro que restituya a cada persona su dignidad de hijo de Dios. Nos hemos habituado a esa indiferencia cuando vemos las calamidades del mundo u otras cosas más pequeñas: Ay, qué pena, pobre gente, cuánto sufren, pero seguimos adelante. ¡Encuentro! Si no miro —no basta ver, no: hay que mirar—, si no me paro, si no miro, si no toco, si no hablo, no puedo tener un encuentro ni puedo ayudar a hacer una cultura del encuentro. Que esto nos ayude a trabajar por la cultura del encuentro, tan sencillo como lo hizo Jesús. No solo ver: mirar. No solo oír: escuchar. No solo cruzarse: detenerse. No solo decir qué pena, pobre gente, sino dejarse llevar por la compasión. Y luego acercarse, tocar y decir, en la lengua que a cada uno le salga en ese momento, la lengua del corazón: No llores, y dar al menos una gota de vida.

Es así como nos topamos con la experiencia humana: la que nos iguala a todos, la que nos acerca a unos y a otros, la que no distingue razas ni creencias. Da igual que no te comparta qué hecho concreto me ha afectado, ni qué circunstancia ha provocado algo en mí o qué parte de mí me ha abierto los ojos en estos 365 días para que entiendas que he tenido que pasar por un duelo afectivo, notar mi necesidad de los demás y de ser querida, hacer salir mi vulnerabilidad, perder a un ser querido, y que tú puedas acercarte y decirme «estoy aquí, te veo, no estás sola». Estoy segura de que tú sabes de sobra cómo se viven esas cosas y que me perdonas por no ser tan explícita (algo de intimidad he de guardar aquí, pero no te preocupes porque está todo hablado en persona). Lo que quiero expresar es que por supuesto un año de vida está lleno de sufrimientos, pero también de alegrías; de dudas, pero también de certezas; de muertes, pero también de mucha vida. Un año da para mucho si decides vivirlo intensamente, poniendo tu persona en cada cosa que vivas. Y no se te ahorra nada a no ser que tú digas que no. En caso contrario pasas por responsabilidades que han surgido por decisiones o por el mero hecho de madurar. Pasas, también, por consecuencias que nacen de tus elecciones tanto si actúas como si no mueves un dedo. Al final del año te das cuenta de que todo ha estado bien porque te ha permitido crecer en algún aspecto aun haber querido borrar alguna cosa.

Gracias, 2021 y gracias, Dios, por un año más a mi lado… ¡sin Ti no me mantendría en pie!

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