«Te doy mi palabra»

‘You have my word’.

No recuerdo en qué temporada fue, pero sí la de veces que escuché esta frase en uno de los capítulos de Suits. Es una serie de abogados que empecé a ver gracias a las personas con las que convivo. La primera vez que la vimos estábamos en el salón sentados en los sofás, pero yo estaba con el portátil revisando unos mensajes y no prestaba casi atención; me parecía una de tantas series. Creo que me perdí los primeros capítulos sin preocuparme por ello, pero más adelante ya entré en la dinámica y le encontré el gusto e interés. A medida que han ido pasando las temporadas he ido dándome cuenta de cuántas cosas me han hecho pensar y repasar momentos de mi vida. De cada personaje puedes sacar algo de provecho o algo de prevención, y en toda relación ya sea de amistad, de noviazgo o de trabajo y cada situación que se muestra está de base la verdad. O en juego, según se mire.

Es lo que me ha llamado la atención de la serie. La continua llamada a la autenticidad; a ser auténticos. A mostrar la verdad; a ser veraces. A relacionarse en la confianza; a ser confiables. No siempre lo viven, claro; como todos, pero ahí queda una llamada a la conciencia de cada uno. Llevo ya un tiempo que escucho sobre que las cosas sean verdad, que lo que vivamos sea verdad y lo que somos sea verdad. Es curioso cómo todo mi alrededor se pone de acuerdo para hablarme sobre algo tan relevante. Pero, de lo que quiero hablar realmente es de lo que está en juego cuando decimos a alguien «te doy mi palabra». ¿Qué estamos diciendo exactamente con esto? Por lo que intuí en la serie es que cuando decimos esto a alguien, esta persona sabe perfectamente que tú no le vas a traicionar, que vas a hacer todo lo posible (y lo harás) para mantener su confianza en ti y hacer crecer tu lealtad hacia ella. ¡Es mucho lo que hay en juego cuando expresamos esa frase! Confianza, lealtad, fiabilidad, respeto.

Me ponía en la piel de la persona que dice esas palabras y se compromete con ellas. Imaginaos por un segundo la situación o recordad la última vez que dijisteis «te doy mi palabra» a un amigo, a un familiar o a tu marido o mujer. ¿Qué os motivó a decirlas? Y no sólo eso, ¿sabíais que erais capaces de vivirlas? A veces nos venimos arriba y no somos conscientes del peso que tienen las palabras que salen por nuestra boca. O, también, creemos que podemos vivir lo que decimos tan fácilmente; pensamos en el vínculo que nos une a esa persona y claro, cómo no decírselo. Quizá sí, podemos vivirlas y ser fieles a nuestro compromiso. He buscado el significado de la frase y me he encontrado con esto: afirmación que no se basa en pruebas. ¡Fijaos qué confianza que no necesita pruebas! Se sabe. Se conoce. Se ha hecho vida esa confianza que llega al corazón. Y qué bonito vivir así y tener ese tipo de relaciones en la verdad.

Pensemos ahora en la otra parte, en la persona que recibe esas palabras y espera en ellas. ¿Qué espera? Que sean verdad. Que suceda. Que se respete su parte. No es fácil este lado de la escena, pero si la persona que le ha dicho esas palabras es confiable no tendrá difícil la espera ni la duda se interpondrá en su camino. Me acordaba de las caras de los personajes de Suits que recibían de parte de Harvey o de Mike el ‘you have my word’ y eran rostros relajados, confiados y respiraban aliviados. De alguna forma el peso de la carga que soportaban ahora lo llevaba otro y ellos se podían olvidar y descansar. ¿Quién ha experimentado esto? Hoy sufrimos por muchas cosas y cuando logramos pedir ayuda y encontramos esa persona o personas que nos dan su palabra de que guardarán nuestra lucha o nos alargarán un brazo, podemos respirar tranquilos, recobramos la esperanza y algo dentro de nosotros nos anima a seguir caminando. Hoy necesitamos que esas palabras sean más verdad que nunca, pero la confianza se rompe por cosas a veces tontas o malentendidos. ¿Qué podemos hacer?

Pues, reconocer si no vamos a poder comprometernos con lo que hemos dicho o, también, reconocer si algo ha cambiado en nosotros que haya modificado prioridades o enfoques. ¡Qué importante es no regalar los oídos! Y decir la verdad sin miedo a perder los afectos. Precisamente esto se refleja en la serie y es otra de las cosas que me llaman la atención. Se ve claramente el miedo de algunos a la hora de tomar decisiones que les llevan a acertar o no tanto en sus actos, y con las que se juegan la relación con su jefe, su novia o su compañero de bufete. Pero, a pesar de ello se pide perdón. Y no sólo eso, veo que cada uno de los personajes pide perdón porque antes reconoce que no ha dicho las palabras acertadas, no ha sabido elegir o priorizar, ha tomado una decisión basada en sus emociones o se ha equivocado en los papeleos… Quizá lo mejor sería no tener que pedir perdón, pero incluso en esto hay algo de bello y humano que nos devuelve la esperanza y el vínculo con las personas. Porque aun proponiéndonoslo, no somos perfectos y fallamos; pero lo que está en nuestra mano es comenzar y recomenzar siempre.

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