Bienvenida, vulnerabilidad, y gracias

No lo creeréis, y menos mi yo de hace tres semanas, pero ahora mismo estoy sentada en el suelo por mi propio pie. Esto era impensable tras caerme de un caballo. ¿A lo San Pablo? Yo decía que no, pero tras este tiempo pasado de incapacidad para ver algo evidente en mi vida he cambiado de opinión. Empiezo a escribir esto desde la capilla de la casa donde vivo y escuchando (en bucle) Gratitude y Dear God. Pienso que aquí y acompañada de estas dos canciones van a salir mejor las palabras que quiero sacar de mí y compartirlas contigo.

Recuerdo aquel viernes de finales de julio como si fuese ayer. Estaba con un grupo de gente escuchando hablar a una persona que es un referente para muchos de nosotros. Habló de la fe y de la vida; de todo lo que uno puede vivir en este mundo y de las opciones que puede tener. Recuerdo que habló del sufrimiento, esa parte que tan poco nos gusta, pero que es inevitable en nuestras vidas. “No es algo que os pueda pasar, sino que os va a pasar” (no son textuales), lo dejó muy claro. Daba igual que fuéramos creyentes o no: el dolor, los problemas, las circunstancias vitales aparecen en el recorrido de nuestra existencia aquí en la tierra. Después de esa charla nos reunimos por grupos y empezamos a compartir lo que nos había suscitado, lo que esperábamos de esos días juntos… Yo, sabiendo que estábamos gente que llevamos tiempo en relación, algo me decía a mí que iba a suceder algo importante en cada uno de nosotros.

Esa tarde tuvimos, algunos, una actividad ecuestre. Íbamos a aprender a montar a caballo, limpiarles, ponerles la montura, dar un paseo… Salió una tarde gris y empezó a lloviznar. Hicimos todo aquello hasta que llegamos al paseo. Ya casi al final de este fue el inicio de mi aventura ecuestre. El caballo no sé qué notaría o qué escuchó en ese momento que relinchó, se separó de la fila y empezó su trote. Ese inicio de trote me asustó, solté las riendas pensando, por una milésima de segundo, si mis pies quedarían atrapados en los estribos, pero confié y caí. Y qué caída. Fue un golpe fuerte y seco sobre hierba. Ahí, tumbada en el suelo mojado y empapada, recordé las palabras que había escuchado por la mañana sobre el sufrimiento y pensé para mis adentros que me quedaba tetrapléjica. ¡Y que la vida se te puede torcer en un segundo! La puedes perder o te puede dar un giro argumental doloroso. Lección uno: qué importante es tomar opciones en la vida que te ayuden a vivir cualquier circunstancia.

La espera de la llegada de las dos personas de la hípica que estaban con nosotros se me hizo eterna. Sobre todo era una espera de saberme acompañada en el dolor, en el miedo, en el sufrimiento de ese momento de desorientación, de incertidumbre, de miles de pensamientos. Y, otra vez, las palabras de esa charla de la mañana vinieron a mi mente: “al menos, teniendo a Dios, vives el sufrimiento de forma bien distinta” (no son textuales). Ahí comencé a buscar la compañía de Dios. Y qué compañía hasta la noche… y hasta hoy. Me ahorro el relato de la llegada al hospital, pero lo puedo resumir así: sentirse acompañado y la compañía de las personas es vital para hacer frente a cualquier circunstancia. Ese día llevaba colgada la cruz azul que todo comprometido de Fe y Vida tenemos, y de camino a una de las pruebas que me hicieron en el hospital, la busqué, la cogí con la mano un segundo y la besé. Sólo uno sabe lo que eso significa o cuánto sostiene a uno en momentos como esos. Supongo que ahora puedo entender lo que debe de ser mirar el anillo de compromiso: el recordarte que no estás solo, a quién estás unido, quién te sostiene, quién hace posible todo aquello. Lección dos: qué importante es valorar lo que uno tiene y dar gracias por ello cada día.

A mí me gustan muchos los números, jugar con ellos y eso lo sabe bien Dios, por eso siempre se las apaña para hacerse el encontradizo conmigo en fechas o para que vea algo o me fije, bueno, para acompañarme cuando yo pueda pensar que no estoy acompañada. Recuerdo mirar la hora en un reloj del hospital durante el recorrido hacia la prueba de rayos: eran las ocho y media de la tarde noche, justo cuando en la comunidad Fe y Vida estamos alabando (rezando) juntos. De alguna forma entendí que todo iba a ir bien aunque nadie supiera lo que me acababa de suceder. El ocho es mi número favorito. Cuando la enfermera me llevó y dejó en la entrada de la sala de rayos X ya estaba “sola” sin la compañía de la persona que me llevó al hospital. Entonces comencé a mirar los carteles de mi alrededor, los extintores, los números de las salas que tenía delante de mí… Y sí, os parecerá una tontería, pero a mí esta tontería me calmó: vi un 26 en un extintor y la sala de rayos X que tenía en frente tenía el número 53. Suma… (8, los dos). Lloré (no por esta tontería), sino por la tensión y miedo acumulados, pero también por estos guiños/juegos de Dios conmigo. Fue como si me dijera: “Estoy aquí contigo”. Sé que no debemos guiarnos o depender de estas cosas. A mí me suceden muy de vez en cuando; no las busco, sino que me las encuentro. Lección tres: qué importante es buscar a Dios y tener una relación tan de confianza con Él.

Diagnóstico: ningún hueso roto, sólo una contusión lumbar y reposo relativo. Pero… dependencia total. ¿Cómo se puede reposar con la calma si tienes que depender de otras personas para todo? Volví a ser un bebé. Se acabó el buen rollo y la libertad. Aquí empezó otra aventura para mí: necesitar TODO de TODOS. Apareció con más intensidad mi vulnerabilidad, la humillación por la falta de intimidad… Pero, al mismo tiempo, noté una cercanía sin precedentes y pude compartir con otra profundidad con cada una de las personas que estuvo a mi lado. El sábado fue duro, el domingo también, y el lunes, el martes… Toda esa semana de fiesta nocturna como un adolescente en verano que trasnocha noche sí, noche también. La frustración y las limitaciones empezaron a manifestarse en mí. La lágrimas, tímidas, pero salían de vez en cuando. Pero, siempre, acompañada. Sólo me queda una gratitud enorme en mi corazón si fuiste tú una de las personas que rezó por mí, si fuiste una de las personas que me visitó, si fuiste una de las personas que me cambió y cuidó con tanto cariño, si fuiste una de las personas que mató mosquitos que invadían mi habitación, si fuiste una de las personas que me sostuvo para dar un pequeño paseo, si fuiste una de las personas que me levantó, y sentó con tanta paciencia, si fuiste una de las personas que pusieras a mi alcance todo lo que pudiera necesitar, si fuiste una de las personas que me llevó al médico y me ayudaste a vencer miedos…

En fin, G R A C I A S por ser una de las personas que me ayudó a caerme del caballo de la autosuficiencia y la incapacidad de pedir ayuda, lo que necesito o simplemente de expresar cómo estoy. Lección cuatro: qué importante es decir gracias, te quiero, me ayudas a las personas que tienes a tu lado y recordarles cuánto bien hacen en tu vida.

Semanas antes del accidente había tenido una formación en tierras andaluzas. Allí viví una experiencia interesante que me hizo volver a tierras cántabras con una pregunta que necesitaba una respuesta. Quedé en hablar precisamente con la persona de la famosa charla del viernes por la mañana y su mujer, y tras esa conversación volví a casa, vine a esta misma capilla en la que me encuentro ahora y dejé mi respuesta a Dios en espera de su confirmación o de su refutación. Y, sí, las cosas de Dios se dan con normalidad, en el transcurso natural de la vida de uno. Así que sólo tuve que esperar ocho días (acabo de hacer la cuenta ahora) para obtener su respuesta en las circunstancias vitales que estaba viviendo en ese momento: mi caída del caballo con todo lo que ha provocado a mi alrededor. Gracias a esto, he podido vivir otra experiencia interesante que me habla claramente; no como yo esperaba, pero no me cabe duda de que no había una forma mejor para recordarme que debo seguir el proceso personal y comunitario que empecé hace casi tres años con estas personas de Fe y Vida y que es la ayuda natural que se me presenta hoy por hoy. Lección cinco: qué importante es discernir hablando y leyendo la Biblia para encontrar respuestas. El Señor dirige los pasos del hombre, ¿cómo puede el hombre discernir su camino? (Proverbios 20, 24)

Decía al comienzo de este compartir que era increíble que pudiera estar sentada en el suelo tan cómodamente, y es que al final es como todo: hasta que no das un salto de fe, perseveras, confías, sigues tu camino acompañada y luego miras hacia atrás, no eras capaz de imaginar lo que irías a vivir, de lo que serías capaz, de volver a tener esa misma sensación que antes, de volver a ser lo que eras, pero ahora mucho más o mucho mejor. Y todo gracias a confiar, a dejarte hacer y ayudar por otras personas. Cuesta, pero merece la pena soltar amarras y dejarte sorprender. Lección seis: ¡nunca te tires de un caballo! O sí…

5 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Manuel dice:

    Lo primero: mejórate!!!
    Y hablando de caballos, yo caí del “caballo espiritual” (en el que llevaba subido muchos años) hace unos meses. Fue en plan: “qué co… hago yo aquí; qué perdida de tiempo; esto no me llena nada”. Los caminos del Señor son “curiosos” y cuando menos te lo esperas aparece para recordarte que Él siempre está ahí y lo que quiere es que amemos; bien sencillo, aunque a veces se nos olvida.

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    1. ¡Buenas, Manuel!
      Gracias por tu compartir y tu preocupación por mí. Ya estoy mejor tras casi un mes y quién lo hubiera dicho. Me alegra que tú también hayas hecho experiencia de caerte de lo que necesitaras. Un saludo, ¿nos conocemos?

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      1. Manuel dice:

        Hola Rocío,
        Intercambiamos varios emails en junio sobre un proyecto de difusión que tengo en mente.
        Saludos.

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  2. lydiadux dice:

    Bueno, bueno… Ahora entiendo mejor a San Pablo ;-).
    Mi querida Rocco, ¡cómo se muestra el Señor! Lo que has escrito aquí no son palabras, es vida: ¡vivir intensamente la realidad! Dale gracias al caballo ;-). ¡Y a Dios! Porque “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Romanos 8:28) .

    Abrazo enorme

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    1. ¡Lydiux! Pero cuánto tiempo sin leerte por aquí o no sé ya si por aquí o por allá. En fin, ¡gracias por pasarte y recalcar eso mismo que pensaba yo! Justo has elegido una cita que me encanta y que además, parece hecha para mí: Rm, 8 (Rocío Miralles, 8).

      A ver si hablamos o nos vemos, ¡cuídate!

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