Compartir (buenas y no tan buenas) noticias

Vivir en el mundo es sinónimo de sucederse cosas. Hay quien está al día de lo que acontece a su alrededor por estar activo y salir, y hay quien necesita una reunión con amigos para enterarse de lo que pasa en la vida de los demás. Las dos cosas están bien, también podríamos mencionar a quien sigue las noticias del mundo o de su país cada día en su móvil o en los medios de comunicación. Sea como fuere, de forma activa o pasiva, uno finalmente recibe noticias, le es imposible aislarse o desentenderse de la vida misma. Pero, ¿qué hay de compartir esas noticias? Este último tiempo me he visto metida en un sinfín de compartir noticias. Unas, me las compartían directamente o yo a los demás. Otras, a través de un grupo de WhatsApp. Alguna más, en un encuentro con amigos. Eran buenas noticias de celebraciones, de rehabilitaciones, de aniversarios… También no tan buenas noticias de necesidades personales, de matrimonios, de fallecimientos…

Siempre nos vamos a ver envueltos de buenas y no tan buenas noticias. Nuestros familiares y amigos van a compartir con nosotros lo que sucede en sus vidas. ¡Y nosotros vamos a hacer un tanto de lo mismo con ellos! Escapar de ello es tarea complicada: una vez estás metido en la vida de las personas y ellas en la tuya no podemos mirar hacia otro lado o impedir que nos afecten. La vida es eso: un constante compartir, estar presente, acoger, convivir, dar, comunicar. Es raro imaginarse a una persona sin nada de esta vida, y si es así quizá tenga alguna cosa que resolver. Pero, hay algo en ese compartir con personas que no te lo da un objeto: se crea vida y con ella conexión, vínculo, recuerdos. Pienso que es inevitable comunicar tanto una buena como no tan buena noticia cuando toca a uno personalmente, y tampoco eso, ¡también cuando toca a una persona cercana! Necesitamos compartir lo que nos ha sucedido ya sea un cambio personal, un nuevo destino de trabajo, un tropiezo, un descubrimiento… A veces me imagino esa necesidad de compartir que tenemos los seres humanos con el descorche de una botella: es necesario para que salga lo que hay en ella.

Pero volvamos al ¿qué hay en ese compartir noticias? Cuando es uno el que comparte algo se vive una experiencia única: tienes el poder de hacer partícipe de esa noticia a tantas personas como quieras, ver sus caras, cómo reaccionan, el apoyo que te dan…. Ahí, el canal de comunicación es uno mismo y eso tiene su parte de responsabilidad y de emoción. Es cierto que no es la misma experiencia cuando compartes buenas noticias que cuando no son tan buenas noticias: ahí son otros los rostros, las reacciones, el apoyo…, y se puede resentir el canal de comunicación: cómo nos afecte esa noticia influirá en cómo comuniquemos. Igualmente, compartir en primera persona nos conecta mucho con la vivencia misma y, a la vez, con nuestra vida en general. Es, quizá, doble la experiencia. Es genial poder tener con quien compartir lo que nos sucede ya sea de gran calado o una cosa banal, pero que nos tiene preocupados. Hay una parte en nosotros mismos que descansa, resopla con tranquilidad, sonríe, llora en confianza, suelta la rabia contenida en espacio seguro y otras muchas cosas más que te ofrece el poder compartir buenas o no tan buenas noticias sobre tu vida.

Ahora nos vamos al lado contrario: ser quien recibe esas buenas o no tan buenas noticias. Tiene su aquel. Cuando son buenas noticias nos resulta más fácil acompañar a esa persona, unirnos a su alegría, saltar de gozo con ella… El cuerpo como que responde rápidamente o nos nace con más naturalidad la reacción de la emoción de alegría. Quizá es porque es lo que más vivimos o a lo que estamos acostumbrados. Lo vemos a nuestro alrededor o incluso en las películas o series. Pero no ocurre lo mismo cuando no son tan buenas noticias las que nos comparte una persona cercana. Ahí no estamos tan rodados, nos falta naturalidad, quizá tememos no saber consolar o qué decir, hacer… No es lo que más vemos ni oímos. No estamos acostumbrados a escuchar lo que hace sufrir a la gente o lo que le haya pasado grave. Hay ciertos bloqueos que con la práctica pueden limarse. Pero lo que sí tenemos claro es que en ese compartir una buena o no tan buena noticia contigo surge también un algo que habla de confianza hacia tu persona, de poder descansar en ti, de disfrutar de un espacio seguro.

Al final con todo este tema de lo que necesitamos compartir, yo me pregunto: ¿Qué alternativa o camino nos queda? ¿Dónde descorchamos? ¿Quién nos queda? Sencillamente: nosotros. Pero no el “nosotros” de nosotros mismos, sino tú y yo. ¡Nos tenemos! Y así sí que se puede vivir. Esta es la experiencia que saco siempre que doy o recibo buenas o no tan buenas noticias: descansar y ser descanso. Todo esto se vive doblemente cuando puede hacerse en vivo y en directo. No es lo mismo dejar escritas buenas y no tan buenas noticias en las redes sociales esperando a ver quién nos devuelve alguna palabra o algún “me gusta” o “me importa”. Porque ahí lo que estamos haciendo es informar que no compartir, y hay una gran diferencia. ¿O no?

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