¿Cuándo?

Hace poco leía un artículo de un amigo hablando sobre el proceso. Ese tiempo que transcurre entre un estado y otro. Estados personales que necesitan una atención primordial. Hay procesos que duran una semana y otros que pueden alargarse años. Depende de las necesidades de cada uno y, también, del empeño que le ponga. Los procesos no son fáciles… Sí, no son fáciles de acoger, aceptar, digerir. Reconocer que se necesita poner el acento en un aspecto de nuestras vidas o de una relación nos hace mostrarnos incapaces de resolverlo por nosotros mismos. Pero… los procesos son transitables con la ayuda necesaria y con la actitud adecuada.

El forcejeo inicial de querer y no querer someterse a un proceso forma parte del mismo proceso. Es una paradoja interna que hay que pasar con decisión. ¡Y he aquí la parte esencial de todo proceso! Voluntad. Tener un buen motivo para solucionar esa parte de nosotros o de nuestra vida nos dará la fuerza para querer seguir adelante con lo que pueda seguir. Es normal ese forcejeo porque uno no sabe si va a funcionar, si va a arreglarse o va a solucionar lo que anda estropeado. La incertidumbre acampa en nosotros por unos momentos ya que nunca nos hemos atrevido a pasar al otro lado. Pero… por mucho que nos cueste creerlo, no somos los únicos ni los primeros en sufrir lo que estamos viviendo. Basta con preguntar a esas personas cercanas con las que podemos conversar en espacio seguro. ¿Por qué no lo habremos hecho antes? Nos preguntamos asombrados.

Nota mental: dar el primer paso ya forma parte del proceso.

Recuerdo el momento de empezar terapia hace unos años. Fue un tanto peculiar mi forma de entrar en proceso, casi de rebote. ¡Y ahí estaba! Delante de una persona contándole el motivo por el que acudía a ella. Cuántos pensamientos recorrían mi mente: pongo mi vida en manos de un desconocido, quizá me haya precipitado porque no veo que sea tan grave, cuánto durará estoAl final sólo te queda confiar en que el proceso en sí será la solución. Pero… por cuánto hay que pasar hasta llegar a poder decir eso. Cuesta llegar a ese punto cuando tu esperanza dura tan sólo siete días, los días que separan tu última cita de la siguiente. Ahí tu vida está pendiente de lo que esa persona desconocida pueda decir sobre ella. Qué panorama: cada semana era mi futuro. En esos siete días encuadraba mi futuro próximo: mis anhelos, alegrías y proyectos; un tiempo muy reducido para florecer y crecer. Por eso así no podía vivirlo con paz. Es ahí cuando empiezas a vislumbrar inquietud. ¿Cuándo? Cuándo pasará esto. Cuándo podré salir de aquí. Cuándo podré vivir de nuevo con paz.

En ese momento necesitaba amplitud de miras. Y cuando uno está mal no puede abrir el zoom de su mirada ni entendimiento por sí solo, necesita de otros que le lleven más allá de donde uno puede llegar con sus pensamientos y vivencias. Yo sólo veía que mi siguiente paso en el proceso estaba a siete días de distancia (la siguiente cita: expectante a las palabras del psicólogo) y mientras tenía que vivir con lo puesto. Claro, es durante el proceso donde se van conociendo herramientas, otras formas de vivir y eso iba a llegar a su tiempo. Así que yo no podía hacer nada más durante esos siete días porque no sabía la dirección que tomaba o estaba tomando mi vida; simplemente estaba en camino a la espera del milagro. Soy consciente de que he mencionado siete días con mucha frecuencia, es para que de alguna forma notéis esa desesperación o ese estar pendiente de sumar o descontar días hasta llegar a la meta. Qué dramático todo, ¿no?

Nota mental: no sólo con voluntad se puede recorrer un proceso; hace falta saber hacia dónde y cómo será ese proceso.

Y aquí es donde entra esa ayuda del psicólogo. Sin esta persona desconocida no se puede dar el siguiente paso en el caos personal. Ya hemos completado una etapa importante del proceso: hemos reconocido que solos no podemos, ahora queda confiar en otro. Aquí es cuando nos topamos con una de las partes más difíciles del proceso: dejar que otro sea quien guíe nuestra vida. Pero… la perspectiva cambia al tener una compañía que conoce lo que puede ser mejor para nosotros e incluso lo haya pasado personalmente. Si recorremos bien esta parte comprobaremos que tenemos amplitud de miras sobre nuestra vida y sobre nuestra persona. ¡Recuperamos la paz!

Nota mental: no sólo con voluntad y sabiendo hacia dónde y cómo, sino también, hace falta una compañía concreta que nos ayude a fortalecer esa voluntad y confirme el dónde y el cómo.

…y al final el cuándo deja de importar porque hemos aprendido a disfrutar del proceso.

Tu turno

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