Sufro, ¿tú, no?

Todos sufrimos por algo en la vida. Algunos se atreven a catalogar cada sufrimiento dándole mayor o menor importancia. Incluso nosotros mismos lo hacemos: comparamos nuestro sufrimiento con el de los demás. Esto no hace más que producir más sufrimiento si salimos perdiendo en la comparación; y nos alivia ¡sólo por un segundo! si salimos ganando. No desaparece. En cualquiera de los casos, sabemos que es una experiencia común en el ser humano. Si algo compartimos en la vida es el sufrimiento (y más, pero ahora quiero centrarme en éste). Cuando miramos nuestra vida haciendo un repaso a lo que hemos vivido hasta ahora encontramos momentos en los que no hemos estado bien, a gusto con nosotros mismos o con los demás; no nos han tratado bien o nosotros con los otros; no hemos hecho las cosas como se esperaba o nos hemos visto envueltos en los errores de las otras personas. Al final, nos damos cuenta de que no hemos podido alejarnos del sufrimiento; evitarlo se ha vuelto tarea difícil. No lo hemos buscado, sino que nos lo hemos encontrado por el mero hecho de vivir, de relacionarnos y de enrolarnos con la vida.

¿Qué tendrá el sufrimiento para llegar a ser protagonista en algún momento de nuestra vida? Un mirar a las cosas de otra forma. Una maduración desde la raíz de nuestra persona. Un aprendizaje inolvidable. Una experiencia humanamente viva. Me sorprendo al escribir así sobre el sufrimiento. Saco conclusiones que cualquiera diría que vienen de sufrir en la vida. De alguna manera es una paradoja poder ver algo bueno en algo malo que nos hace daño. ¡Y aquí está el asunto! Llamar al sufrimiento algo malo dañino. Tiene mucha importancia cómo enfocamos las cosas, qué pensamos sobre ellas y cómo hablamos o nos referimos a ellas. La perspectiva que toma aquéllo influirá en cómo nos afecte.

Si vuelvo a las palabras con las que he descrito el sufrimiento y os preguntase ¿quieres mirar las cosas de otra forma? ¿Te gustaría vivir una experiencia humanamente viva? ¿Estás dispuesto a tener un aprendizaje inolvidable? ¿Cuánto desearías una maduración desde la raíz de tu persona? Estoy segura de que algo dentro de vosotros ha cobrado vida, vuestro corazón se ha agitado de emoción y tenéis unas ganas terribles de dar el primer paso. A mí me ha pasado y por eso me ha sorprendido encontrar una motivación tan fuerte en algo aparentemente poco atractivo. Y es que es verdad que sólo podemos apreciar estas cosas cuando pasamos por la experiencia del sufrimiento. Hace falta llegar hasta las profundidades del mismo, dejarse abrazar por él y abrir bien los ojos y todos los sentidos para no dejarnos nada por el camino. Todo cuenta.

A veces no podemos llegar a ver o a tener la experiencia completa porque estamos influenciados o contaminados por las opiniones de otras personas, por los tópicos de la sociedad, por la propia cultura o por los moralismos. Es una pena que todo eso cree un muro que nos separe de algo tan humano y común a todos. Es una escena curiosa: las personas nos ponemos zancadillas a nosotras mismas no queriendo hablar de lo que nos sucede, evitando dar una imagen contraria a los cánones de la sociedad, haciendo creer que el sufrimiento no es bienvenido ni parte de la vida de uno. Tapamos. Vendamos. Escondemos… no vaya a ser que descubran que la vida no es de color de rosa. Al final, por querer mostrar una vida sin tachones acabamos desvirtuando nuestra vida: vivimos bajo una exigencia impuesta ¡por nosotros mismos!

El sufrimiento es llevadero cuando es compartido. Basta con pasar tiempo con las personas para darnos cuenta de que no estamos sufriendo solos ni somos los únicos que sufren. Es una pena sufrir en silencio y más, pensar que nadie nos va a entender. Otro muro impuesto por la sociedad que hay que derrumbar ¡y qué subidón cuando logramos derribarlo! El sufrimiento está al orden del día en (todas) las personas: por temas de trabajo, por problemas en casa, en la familia, en el matrimonio o en el noviazgo, por malentendidos en amistades, por preocupaciones sobre el futuro, por pérdidas de seres queridos, por abusos, por incomprensiones en el colegio o universidad, por adicciones que superan a uno, por dudas de identidad, por falta de fe, por accidentes que dejan huella, por desórdenes afectivos, por pensamientos obsesivos, por enfermedades crónicas, por hijos conflictivos, por falta de amor…

Rascamos un poco y nos topamos con el sufrimiento. No existen capas suficientes para esconderlo. Qué bien nos hacen esas personas que deciden rascar por nosotros. Se acercan a escuchar y a conocer nuestro verdadero yo. ¡Si fuéramos así todos con todos! El sufrimiento tendría otro rostro: el del hermano; otra acogida: la de la experiencia común; otro sentido: el de que no lo vivimos solos ni tenemos que avergonzarnos por ello. Sólo queda cambiar nuestra mirada ante el sufrimiento para poder coger aire y respirar con calma en un momento doloroso que de alguna forma pensemos nos separa de la vivencia de los demás o de lo que tendría que ser o de lo que la sociedad marca que debería vivirse. Al final, todos sufrimos por algo. Qué bueno sería conocer y acoger el sufrimiento tanto propio como ajeno y devolverle a la gente la alegría de vivir a través de él.

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