GOUM, ¡levántate!

Estas palabras han tardado dos años en salir del cascarón. Han necesitado pasar por la misma experiencia un año después para poder ver la luz. No encontraba el momento, quizás por querer guardarlas, protegerlas y hacerlas mías. Quizás por un acto egoísta de que no se perdieran o se alienaran con las palabras del mundo. Una experiencia como la del GOUM no puede airearse sin más. Primero, se necesita parar, pensar, acogerla y reflexionar sobre lo que se ha vivido. Porque no se trataba sólo de caminar y dormir al aire libre. Se trata de mucho más y ésto sólo uno que ha podido acabar un raid GOUM sabe de lo que hablo y de esta necesidad de seguir unos días apartados o resguardados de la rutina que antes nos envolvía. ¡No es fácil permanecer en la atmósfera que se vivió! No es nada fácil porque no es la que se vive ni la que se lleva. O uno decide llevarla consigo cada día o se pierde entre la vorágine del día a día.

Vine al GOUM a vivir la experiencia de, como decían, pasión, muerte y resurrección. ¡Y fue así! La pasión de llegar con todas las fuerzas, contenta de compartir y caminar. La muerte llegó cuando me topé con mis límites en forma de miedos ante montañas con piedras resbaladizas, o frente a la angustia de comer arroz o del frío mañanero. La resurrección apareció en el momento en que descubro la compañía de la tribu (las personas que realizamos el GOUM) y lo necesitada que estoy de ella para poder dar una paso más y llegar a la meta.

¿Qué tiene el GOUM de especial? La radicalidad. No estamos acostumbrados a romper de lleno con un estilo de vida para adentrarnos en otro totalmente diferente. A ojos de extraños e incluso para uno mismo, parece que retrocedamos a la época medieval. Otros claman al cielo preguntándose qué necesidad tenemos de dejar atrás ciertos hábitos y buscar el silencio, la pobreza, el diálogo, la sobriedad, la belleza, la fe, la fraternidad y la relación con Dios. ¡Si se puede encontrar aquí! Y no sólo eso, la incomodidad y el ayuno. ¿Dónde se ha visto eso? Esto último es lo que más llama la atención porque como lo tenemos todo y vivimos muy bien, no cabe en la cabeza que queramos estar una semana comiendo a base de arroz y buscando dónde hacer nuestras necesidades en plena montaña o dónde apoyar nuestra cabeza y descansar. Es un cúmulo de paradojas las que uno se encuentra cuando va a realizar un GOUM y se lo cuenta a su familia y amigos. Cabe la posibilidad de sentirse un bicho raro, una persona que ha perdido el norte o que no entra en el siglo de la sociedad en la que vive. ¿No dicen que la vida está llena de aventuras? Pues ésta es una de ellas, pero no una aventura loca. Se trata de toda una aventura espiritual y relacional entre Dios y el hombre, y entre el hombre y la humanidad. También, entre Dios y la humanidad, entre Dios y las personas que nos encontramos en esa aventura. Y, además, una aventura entre Dios y tú. O tú y Dios.

El GOUM se te presenta como cuando el Camino de Santiago toca a tu puerta un día. ¡Sin avisar! Quedáis él y tú cara a cara y sólo queda una respuesta. Yo elegí dar el paso y animarme. La experiencia de una amiga me arrastró, y debo admitir que el reto que suponía también. Era una vivencia nueva para mí, un ponerme frente a frente con mis límites físicos, emocionales y psíquicos. ¡A lo Nadal! Siempre me he considerado una persona deportista y aventurera. El toque de caminar por senderos, vivir de forma austera, tener espacios para crecer en la fe y encontrarme con Dios me cautivó. Tanto el año pasado como éste necesitaba pararme y desconectar del ruido para adentrarme en la naturaleza y contemplar belleza en todos sus sentidos. Necesitaba un tiempo para mí y para los demás. Salir de mí y conocerme a través de esos límites y de ponerme en relación con otras personas. Estaba sedienta de una experiencia humanamente auténtica. ¿No os habéis encontrado alguna vez con esa necesidad? Realizando el GOUM me di cuenta de lo alienados que estamos. De los embotados que estamos. De lo llenos de capas que estamos. Todo lo que vivimos aquí nos distancia de nuestro ser y del de los demás. Y todo lo que vivimos allí nos acercaba más a nosotros y al de al lado.

No quiero poner al mundo ni a la sociedad como los malos de la película, pero caminando y viviendo esta experiencia sabiendo que dejas cualquier distracción atrás (móvil, cámara, llaves de casa, del coche, fotografías y objetos varios…), te percatas de las cosas pequeñas que te roban la inocencia, la mirada y la vivencia auténtica de tus circunstancias que envuelven tu realidad cotidiana. Y esas cosas pequeñas son buenas, ¡ojo! Pero nos entretenemos tanto en ellas, nos va la vida en ellas, nos atrapan sin darnos cuenta cada vez más. Siete días de sólo contacto directo con las personas y con la naturaleza te hace valorar lo que hace vibrar tu vida. No son las redes sociales ni los viajes, ni tan siquiera el poder disfrutar de aire acondicionado al dormir. No, eso por un momento está bien, ¿pero queremos que sea la base de nuestra vida? Me preguntaba porqué chocará tanto que una persona entre en un convento o venga a realizar un GOUM, dos experiencias que aun no parecerse a priori, guardan mucho en común. La respuesta no tardó en venir a mi mente: la radicalidad. Es un cambio total de comodidades. Y de éstas no queremos hablar porque estamos muy bien como estamos. Salir de las comodidades te permite apreciar el valor de las cosas que tienes o no tienes. Te hace darte cuenta de lo que cuesta poder tener esto o aquello. Te ayuda a ser agradecido por lo que vives y tienes en tu vida.

Uno no se muere por tener menos comodidades. Uno agranda su corazón y se vuelve más sensible a la vida: aprecia y percibe sus latidos en forma de encuentros personales que le llevan a vivir en plenitud cada aspecto de su vida. Uno no es el mismo cuando vuelve de un GOUM y ojalá durase más el efecto GOUM. Pero eso depende de cada uno y de la voluntad que ponga para no ahogar el espíritu adquirido con las comodidades que fácilmente se imponen una vez se llega a casa. Cierto, necesidades nobles como darse una ducha, comer cuando se tiene hambre, dormir en un colchón o ver un programa en la televisión vuelven a arraigarse pronto en uno en cuanto pone un pie en casa, y provocan que fácilmente se olvide todo lo vivido, aprendido y reflexionado. ¿Qué se puede hacer para no sucumbir tan rápido a la comodidad de nuestra vida diaria? Recordar y vivir los cinco pilares del GOUM: su estilo de vida marcado por la contemplación de la belleza, la relación con la comunidad, el seguir un camino que marque el norte, vivir el desierto dejando comodidades atrás y teniendo una relación con Dios para no perder la fe.

 

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