Saber esperar

¡Qué difícil es dejar que las cosas sigan su curso! Y las personas su vida. Y los acontecimientos su porvenir. ¡Qué difícil es soltar! Que nos lo digan a las mujeres… pero ése es otro tema. En nuestra vida vamos a tener que aprender a dejar ir o a soltar tarde o temprano. Es mucho mejor aprenderlo cuanto antes para evitarnos sufrimientos pequeños y no tan pequeños. ¡A veces se nos va la vida en ello! Lo sé por mi propia experiencia y por lo que voy observando en la de tantas otras personas. Al final te das cuenta de que cada persona estamos hechos de la misma pasta: somos limitados. Y aquí reside el “problema”. Para unos, lo será. Pero para otros, no. Los primeros serán capaces de reconocer que no lo pueden todo. Los segundos no se dejarán vencer.

Tenemos miles de propuestas que atender o que sopesar. Estamos en mil proyectos y queremos permanecer en ellos aun sin saber si realmente tenemos que estar en ellos. No nos permitimos un silencio entre medias, un parón entre acontecimiento y acontecimiento. En definitiva, no sabemos esperar. Y de aquí se desprende el que no somos pacientes. Son dos aspectos muy importantes en la vida. Saber esperar el momento de las cosas, de las personas, de nuestra vida. Saber esperar nos hace pacientes. ¡Crecemos en virtud! Y no sólo en la virtud de la paciencia, sino también en la virtud de la escucha y de la contemplación. ¿Habéis tenido experiencia de esto? Nos cuesta saber esperar porque estamos en la cultura de lo frenético, del aquí y del ahora. Una cultura que por un lado nos beneficia en lo que a medios se refiere, pero que por otro lado nos perjudica en provocar perder nuestra identidad entre tanta información por segundo.

Algunos piensan que obedecer pone en jaque a la libertad. ¡Nada más lejos de esto! Obedecer nos permite ampliar nuestra libertad y ejercerla con plena libertad (perdonad el juego de palabras). Al obedecer estamos diciendo pudiendo hacer lo que yo quiero, no lo hago porque me han pedido lo contrario, y es bueno para mí. Ponemos aquéllo en manos de otras personas: nos dejamos hacer, nos dejamos guiar. Eso sí, siempre que aquello sea algo bueno, y siempre que tengamos confianza en las personas que nos pidan poner en juego nuestra libertad. Es difícil obedecer porque va en contra de lo que uno a priori querría hacer, pensar o decir. Es, por así decirlo, dar nuestro brazo a torcer y rendirnos a otra voluntad. ¿Seguro que es bueno? Hay quien duda. Quizá por haber visto otro tipo de obediencia con tintes de esclavitud donde hay uno que está por encima del otro, además de otorgarse un poder que no le corresponde ejercer. Este tipo de obediencia no es lícita pues no respeta la dignidad de la persona y la somete. La obediencia que hace crecer en virtud es la que permite a la persona que obedece obtener bienes mayores o, simplemente, un bien: ser consciente de la necesidad de olvido de sí misma.

Ese olvidarse de uno mismo es lo que nos permite mirar con ojos puros aquello que necesitamos. Nos permite, también, despojarnos de todo aquello que nos impida acoger lo que durante la espera está previsto que recibamos, pero que mientras nos obcequemos por lo otro, no podremos ver. Es curioso, nos dejamos por el camino muchos bienes sin darnos cuenta. Y justo ésos eran los que necesitamos antes que el que nuestro corazón anhela. Olvidarse de uno mismo agranda el corazón para poder acoger, recibir y agradecer. Olvidarse de uno mismo dulcifica la espera pues no se está pendiente de lo que nos preocupa, eso sí, antes hay que hacer un acto de abandono en quien sabemos nos va a ayudar en esa espera. Está demostrado que solos no podemos. Toda la incertidumbre, toda la espera, todo el estrés y toda la duda nos come poco a poco por dentro hasta un día hacernos explotar y volcar ese no saber esperar en actitudes no ambles con las personas o perjudiciales para nosotros mismos.

Saber esperar es lo mismo que dejarse sorprender. Es no llevar la iniciativa y dejar que otro u otros lleven el timón del barco. En nuestra vida es importante que sepamos pilotar y que dejemos pilotar a otros e incluso a Otro cuando nuestras fuerzas no alcancen. Y son muchos momentos y muchas circunstancias en nuestra vida en las que nos veremos expuestos a nuestro yo más vulnerable. Al final siempre es la misma canción: un yo, mi, me, conmigo, sin dar cabida a un tú o Tú. ¡Qué bien haremos en ir entrenándonos en saber esperar! En definitiva, tener confianza. No es que todo llega a su tiempo, sino que en ese tiempo tenemos todo. Lo que sucede es que no sabemos percibirlo porque no nos permitimos percibirlo ni recibirlo cuando nos toca recibirlo o vivirlo. Estamos adelantándonos a los hechos, a las vivencias y a los acontecimientos que tienen una razón de ser y un momento concreto de suceder. ESPERA (acompañado), y verás.

 

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