Contra toda esperanza

Es curioso cómo un acontecimiento ajeno pone en jaque tus creencias, e incluso te obliga a mirar hacia afuera, dejando a un lado tus preocupaciones. Anoche me acostaba rezando por la ciudad de París. Aún no sé por qué lo hice, quizás las imágenes que vi de cientos de personas arrodilladas, cantando y rezando me impulsaran a hacerlo. Recuerdo estar acompañada de una amiga. Le pedí si podía terminar con un Padrenuestro, Ave María y Gloria en francés, de alguna manera quería estar cerca, ser una más. Me impresionó cómo, en apenas minutos, la gente se reunió para no vivir ese acontecimiento sola. Leyendo la prensa supe que muchos acudieron al lugar del incendio a ver qué ocurría movidos por la curiosidad, pero sé de otros que fueron a puntos concretos donde poder ver la catedral y así cercarla de bellos cantos y rezos propios del país. Me ha emocionado leer un testimonio de un joven que contaba esto mismo.

¿Qué es lo que ha puesto en jaque el incendio de la Catedral de Nôtre Dame en París? La esperanza. Últimamente, estoy escuchando muchos testimonios de personas casadas, ennoviadas o solteras. Personas con sus luchas cotidianas. Me comparten sus preocupaciones, pero también su malestar y dolor por tantas pequeñas cosas que no les permiten respirar y vivir con paz interior. Son pequeñas cosas que les quitan la alegría y les llenan de juicios y de comparaciones. Ya no hay lugar para la esperanza de que un tiempo mejor vendrá. Y no sólo un tiempo mejor, sino también una vida, una experiencia de vida o un encuentro personal. Y yo no me escapo de esos juicios, al final se cuelan en mi día a día. Es muy fácil dejarse llevar y no luchar. Vemos cómo otras personas u otros acontecimientos se imponen a nuestras personas y nuestras vidas. Son otros los importantes, lo que se lleva y lo que permite tener una vida feliz. Y acabamos por sucumbir a esto, dejando atrás nuestras creencias, nuestras raíces, nuestros principios.

Las llamas en la Catedral son un grito desgarrador. Un grito que clama contra esa pérdida. Es doloroso verlo en primera persona. Y también presenciarlo en segunda fila de la mano de otro protagonista. Quizás ha sido esto último lo que me instó a rezar y a conmoverme. El dolor. ¿Quién no lo conoce o ha experimentado en su vida o en la de algún otro? Es una común experiencia humana. Nadie puede escapar del dolor. Forma parte de nuestra vida y crecemos gracias y a pesar de él. Ver las llamas, escuchar los cantos y contemplar los rezos pusieron en jaque mi manera de estar en este mundo, mi forma de ser cristiana, mi modo de permanecer aun las llamas, aun la desesperanza que azota en muchos puntos del mundo. Ver esta imagen de la Cruz entre los escombros. Una Cruz brillante, hasta bonita. Ver, también, dónde descansa esa Cruz al cuidado de una madre que se desvive por su hijo. Una madre con esperanza. ¡Esta imagen interpela! Al menos, es lo que ha provocado en mí: una pregunta. Y yo, ¿qué?

Todo lo que acontece alrededor del mundo y de lo que nos llega información gracias a los informativos o a Internet, nos dice algo. Hay a quien más y a quien menos, pero no podemos obviar que las cosas que ocurren afectan a las personas. Afectan en su modo de relacionarse con el mundo y con las personas que hay en él. Sé que lo que anoche sucedió en la capital francesa no es la noticia más grave de nuestro planeta hasta la fecha, también hay tantas otras que nos llegan de países en guerra, de persecuciones por creencias, de injusticias… Pero, quizás ésta por ser de un país vecino y de ser en nuestro continente, ha calado más en nuestro corazón. Ahora vienen recuerdos de viajes, de personas conocidas, de eventos deportivos y culturales, de películas… Todos estos recuerdos se agolpan en nuestra mente y provocan una conmoción: París sufre y ese sufrimiento nos duele.

Pero el dolor es mucho más. El sufrimiento nos permite conocer de qué pasta estamos hechos, hasta dónde podemos sufrir si encontramos un sentido a ese dolor. No niego que de las fotos que he podido ver, la que más me ha emocionado ha sido una en la que se veía la Cruz con un halo de luz que salía de lo alto en vertical. Ver esa luz y esa Cruz victoriosa ha sido como encontrarme con este mensaje: no temas, todo irá bien, permanece fiel. Al final, todo acontecimiento nos hace poner la mirada en lo importante y sacar una reflexión. En mi caso, ahora que muchos cristianos vamos a vivir la Pasión de Jesús, me ha puesto en guardia para darme cuenta en qué punto estoy. ¿Acudo, como esos parisinos, al encuentro con Quien sufre dolor de amor? A pesar de las llamas, la humanidad que se ha respirado al rededor de este triste acontecimiento, me ha devuelto la esperanza, quizás lo propio sería decir que me ha revalorado la esperanza y la necesidad de tenerla como hoja de ruta, como bandera, como compañera del camino.

No todo está perdido, aún queda la esperanza. ¡Y vaya esperanza!

 

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