Nuevas experiencias

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Desde la última entrada que escribí en febrero me he vuelto a sumergir en la vida, sintiendo una especie de exigencia por dejar escritas unas palabras aquí ya que me había propuesto escribir, al menos, una entrada al mes. Pero, a la vez, era una necesidad de sentarme y dar rienda suelta a tanto vivido. Sustituí las palabras escritas por el compartir oral con otras personas amigas, pero… ¡no hay nada como escribir! Y heme aquí de nuevo. Ante la pantalla y entre mi mente y corazón. ¿Qué hace que la vida sea atractiva? ¿Qué provoca que por momentos uno sienta la alegría tan adentro? La invitación. La propuesta. La alternativa. Y de eso se trata, de dejarse invitar a lo desconocido o no tan desconocido. De acoger una propuesta de la que no se tiene experiencia o muy poca experiencia. De admitir que siempre hay una alternativa a la comodidad que de primeras nos asalta.

El cuarto fin de semana del mes de marzo ha sido el culpable de estas nuevas experiencias que cada uno podemos vivir a lo largo de nuestra existencia. A veces lo hacemos sólo una vez en la vida, pero las estadísticas nos dicen que se repiten con frecuencia; aunque depende, mucho o bastante, de la personalidad de cada uno y de las circunstancias por las que estemos pasando. Lo importante es: ¿estamos abiertos a las nuevas experiencias? Ese tipo de experiencias que nos hacen crecer, donde maduramos ciertos aspectos de nuestra persona o en las que descubrimos esos dones que desconocíamos que teníamos pero por insistencia de la gente creímos que estaban en alguna parte. Es cierto, existen. Los tenemos. ¡Y son muy valiosos! Esos dones te caracterizan, te permiten dejar huella en las personas y en sus vidas, y a través de ellos puedes obrar milagros… si crees.

¿Sabéis qué es la comunión? Aparte de un sacramento o el momento de recibir la hostia consagrada (a Jesús). Más bien, me refiero a vivir la comunión. Esa que se da entre dos o más personas. La que habla de poder compartir una vivencia al tener los mismos pensamientos o creencias sobre esa experiencia. De ahí la palabra Comunidad que refleja la unión de personas que comparten una misión. Y quien dice misión dice proyecto profesional, de vida, académico o espiritual. Pienso que las nuevas experiencias sólo son posibles cuando existe comunión entre las personas, o entre las personas y el lugar o, al menos, ese estar abiertos a poder estar en comunión con lo que nuestra persona va a vivir y conocer por primera vez o de una manera más profunda. Hay una frase de un escritor ruso que dice la belleza salvará al mundo, y yo ando preguntándome ¿la comunión salvará al mundo?

El viernes nos reunimos unos amigos, conocidos y otros menos conocidos y yo como solemos hacer cada inicio de fin de semana. Lo hacemos para vivir nuestra fe (rezamos, escuchamos una pequeña charla y luego compartimos vida y comida). En ese espacio de apenas cuatro horas una chica me contó una experiencia que tuvo ayudando en un catering. En ese servicio, una chica se le acercó y le invitó a un café movida por algo que vio en ella y le llamó la atención. Quería hacerle preguntas y profundizar en las cosas grandes e importantes de la vida. Esa conversación duró hasta el alba. ¡Qué belleza debió inspirarle! Y qué comunión se dio entre ellas a medida que iba avanzando la amable discusión. En ese mismo espacio de cuatro horas, yo recibí mi primera invitación del fin de semana a tener una nueva experiencia. La viviría la tarde del día siguiente y me ocuparía toda la tarde. ¿Qué nos impulsa a decir sí? Supongo que la confianza que nos transmite quien nos invita. Quizás, el vínculo que nos une o la amistad que tengamos. Al final cedemos ante lo atractivo.

Lo que me sedujo de la idea fue escuchar un nombre: Tote Barrera. Había oído hablar de él y, sabiendo que quien me invitó solía emplear bien su tiempo, decidí darle una oportunidad pese a que me “quitara” toda la tarde y no me dejara tiempo a seguir preparando materia de Psicología. Esta persona vino a Valencia a realizar una formación a un grupo de jóvenes que organizan un curso ALPHA y tendrían una convivencia próximamente. Y heme ahí entre ellos. Sin nada que ver aparentemente, pero con mucho vivido en comunión. Empezó la tarde con una animada e interesante tertulia donde Tote nos fue provocando con preguntas cada vez más exigentes en cuanto a dar nuestra experiencia personal, opinión y reflexión. ¿Por qué nos costará tanto darnos voz? Es precioso cuando cada persona plasma con palabras lo que sólo ella puede pensar, vivir, experimentar. ¡Cuánto bien nos hace escuchar a los demás! Esas palabras nos invitan a tener una mirada más profunda o más alegre sobre las cosas. Quizás nos den luz sobre algo que nos preocupe. O, también, nos lancen a emprender un camino o rumbo diferente.

Esa tarde hablamos, compartimos y reflexionamos sobre una vivencia común: la conversión o la experiencia de haber sido rescatados por una misma persona. ¿Por qué todavía sentimos vergüenza de decir su nombre? Tote nos recordó la sencilla y práctica catequesis de The Four sobre esa vivencia común, y también lo que necesita cada persona para que esa vivencia sea plena, completada al 100%. Al día siguiente, la misma persona que me lanzó la propuesta del viernes por la noche, envió un mensaje a un grupo invitando a acompañarle a una nueva experiencia. ¿Por qué no? Esta vez lo que me sedujo fue la idea de que el sitio donde había que ir estaba cerca de mi piso, además de que se trataba de una actividad con jóvenes, ¡algo de atractivo tenía que tener para arrancarme otro sí! Este amigo y hermano de Comunidad expuso la misma sencilla y práctica catequesis de Ther Four a esos jóvenes de primero de carrera interesados por ahondar más en este ámbito de la fe. Terminamos la noche con una invitación a rezar personalmente por cada uno de ellos dejándonos guiar por el Espíritu Santo (algunos pueden compararlo con una energía o fuerza interior). ¡Qué gratas sorpresas y qué vivencias tuvimos! Sólo por dejarnos hacer y por ese acto de donación de nuestras personas a ese momento.

Lo que yo no sabía es que ese cuarto fin de semana del mes de marzo iba a ser el pistoletazo de salida, el campo de entrenamiento donde se estaba fraguando algo más. No lo supe hasta el lunes. ¿Cómo? Gracias a la comunión. Compartiendo con una amiga todo lo vivido, le expresé mi anhelo de formar parte de esto, de involucrarme en este tipo de experiencias y actividades. ¿Fue ese expresar lo que puso en movimiento lo que vino después? Quizás. Lo que vino después fue el martes. Recibí dos mensajes: uno, pidiéndome que diera una charla a jóvenes. El otro, pidiéndome si podría ayudar en un servicio de la Comunidad donde estoy viviendo la fe. ¿Qué reflexión saco de todo esto? Está claro: si yo había empezado a abrir un orificio para dar cabida a nuevas experiencias, éstas iban a llegar tarde o temprano. ¡Lo que yo no sabía es que iba a ser tan pronto! Y tú, ¿estás dejando un hueco para nuevas experiencias?

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