Carta abierta: necesidad de silencio

Hasta para escribir esto necesito silencio, pero es un silencio con un toque personal; le he puesto I giorni sonando en bucle de fondo. Un sonido sin palabras, un sonido provocador, un sonido que me inspira. 

Llevo un tiempo queriendo poner palabras a este silencio y a una experiencia que he repetido tras un año. ¿Tan importante es dejarse abrazar por el silencio? Para quienes lo conocen profundamente la respuesta no puede ser otra que la afirmativa.

¿Qué tiene el silencio que lo hace tan valioso? Que es escaso. Que no todos lo encuentran. Que transforma vidas. Estamos acostumbrados a acudir a la televisión para ocupar el tiempo, o sacamos nuestros móviles para matar el tiempo entre una cosa y otra, o damos al play para que sea la música quien nos saque del mundanal ruido. Al final, siempre llenamos el silencio de algo externo y nunca nos saciamos. No damos con aquello que de verdad conecte con nosotros y nos devuelva la paz. ¿Por qué? Porque no nos hemos percatado de que el silencio ya está lleno. Tiene algo dentro para nosotros.

Pero nos empeñamos en decir que el silencio está hueco, vacío, no nos dice nada, no hacemos más que llenarlo, y no vemos las dificultades que eso provoca en nosotros: no prestamos atención, no dejamos espacio al asombro interior, nos cuesta permanecer quietos y en silencio unos minutos y no digo ya una hora.

¿Qué nos dificulta, qué nos frena o qué nos aborrece del silencio? Hay un cierto miedo a quedarnos sin palabras, a que nuestra mente se quede sin pensamientos o a que nuestra imaginación no encuentre imágenes con las que entretenerse. Y, justamente, el silencio nos trae nuevas palabras o aquéllas renovadas. También, transforma nuestro pensamiento haciéndolo más profundo, y nos devuelve una imagen purificada de nuestra vida para trabajarla y descubrir qué hay de bueno en ella.

No supe el porqué de la importancia del silencio hasta que semanas atrás me fui unos días a vivir el silencio. Me surgían preguntas y allí encontré respuestas. Pero, a la vez, dentro de una pregunta hallé otra, aunque al tener silencio pude vivir ese aparente torrente con serenidad. No había que contestar a todo rápidamente, sino con el transcurrir de la vida y la reflexión en silencio con tiempo por delante. Y de ésto yo disponía a raudales. Me preguntaba sobre el silencio, ¿por qué lo necesitamos? ¿Por qué lo queremos? ¿Para qué vivirlo? Una cosa fue necesaria: desconectar. Y no sólo mentalmente, sino físicamente. Y con esto me refiero a cualquier dispositivo electrónico. Volver a aquellos años donde charlábamos en una plaza, nos escribíamos a puño y letra y cantábamos bajo la lluvia. Así que apagué el móvil una vez iniciada esa experiencia en silencio.

¿Por qué necesitamos el silencio? Como el respirar. Necesitamos el silencio para ser conscientes de nosotros mismos. Todo gira en torno a lo que vivimos, a experimentar, a usar y tirar, a consumir, a pasar de puntillas por el mundo… ¿Dónde queda nuestro yo? Vivimos para nosotros, pero sin pasar por nosotros. Hay un miedo a conocerse, a mirarnos, a preguntarnos por el anhelo de nuestro corazón. Y así vamos acumulando experiencias sin adentrarnos en ellas con la profundidad de nuestra humanidad. Se vive sin vivir intensamente el presente. En el silencio me conozco. En el silencio me priorizo. En el silencio me escucho. En el silencio me encuentro si me hubiese perdido.

¿Por qué lo queremos? Como un tesoro. Queremos el silencio para poder respirar ante el caos mundano. Para poder parar y enfocar la mirada, nuestros pasos y pensamientos. Vamos de un sitio para otro, de un curso a otro, de un piso a otro, de una vivencia a otra, de una clase a otra, de una reunión a otra, de una quedada a otra, de un ligue a otro, de una fiesta a otra, de una comida a otra, de una carrera a otra, de un viaje a otro, de una relación a otra, de una alegría a otra, de una pérdida a otra, de un agobio a otro, de una tristeza a otra, de una oportunidad a otra, de un error a otro… ¿Veis cómo vamos de un sitio para otro sin pararnos? Aquí es donde veo claramente la diferencia del ser humano con el resto de animales: nuestra capacidad de reflexión, de conciencia, de autoconciencia. ¡Nosotros nos preguntamos, reflexionamos sobre nuestras acciones, somos conscientes de lo conseguido, perdido o por alcanzar! Sin el silencio, no podríamos sacar conclusiones, redirigir nuestros pasos, sopesar los pros y contras y elegir. En el silencio alcanzamos una vida lograda.

¿Para qué vivirlo? Como una experiencia única. Vivimos el silencio para no olvidar lo que de verdad importa. El silencio nos ayuda a retener lo último vivido, las personas con las que compartimos algo, las palabras que escuchamos o leímos, los paisajes que vieron nuestros ojos… En el silencio podemos retener para ahondar en todas aquellas cosas que hemos vivido, acogido, experimentado. Y gracias a ese ahondar, sacar esa verdad que todas tienen como denominador común. El silencio nos lleva a la verdad de las cosas. A la verdad de las personas. A la verdad de mi vida. A la verdad que hay dentro de mí. Sólo por esto, vale la pena vivir el silencio. Más que miedo, deberíamos sentir asombro. ¡Cuánta belleza interior podemos abarcar! Y cuánta belleza exterior podemos acoger.

¿Qué es el silencio? Pensaba que el silencio es calma. También es descanso. Y cómo no, es escucharte y escucharle. ¿Escucharle… a quién? A quien es y ya llena el silencio que rechazamos. Claro que en el silencio hay algo para nosotros, más que algo, alguien que quiere decirnos tantas cosas: La verdad.

 

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