Hablando de fe (VIII)

La fiesta que los católicos celebramos hoy puede entenderse algo confusamente. No ya por el mismo nombre (Transfiguración), sino por estar poco habituados a las apariciones de Jesús a sus discípulos. Sabemos que Él todo lo puede, pero en nuestras inteligencias siempre habrá algo ininteligible. ¡Somo así de limitados! A pesar de ello, Jesús sigue intentándolo una y otra vez para hacerse más familiar y hacernos más normales estas apariciones. Bien lo entendió Pedro al soltar estas palabras al encontrarse con Él en lo alto de la montaña: ¡Qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas! Y es que luego somos así de sencillos, percibimos el bien y en seguida nos habituamos y queremos quedarnos con él. ¿Pero qué hay de inocente en esa impetuosa exclamación de Pedro?

Cuando percibimos un bien puede venir acompañado de cierto placer. Y éste nos hace pensar en lo más cómodo, en el movimiento menos difícil y que no cambie nuestros planes. Y ésto, justamente, fue lo que Pedro evidenció con esa inocente exclamación. Quiso quedarse con un bien sin haber hecho nada por ganárselo. ¿Es que debía hacer algo? Nadie va al Cielo sin haber sudado la gota gorda. ¿Quién alcanza un bien tan grande sin apenas esfuerzo? La vida hay que sufrirla, además de vivirla. Está implícito el sufrimiento que es el puente que nos hace salir de nosotros mismos para mostrar una cara más limpia, más auténtica, más nuestra. Todos los días podemos estar más cerca de ese Cielo por las acciones y detalles que tengamos en nuestra vida, y por vivirlos cerca de Jesús, es más, con Él.

Los católicos vivimos en la esperanza del Cielo. Esta esperanza se alimenta de sabernos acompañados cada día de una Presencia, Cristo mismo. Es fácil que lleguemos a tener la actitud de Pedro una vez nos hemos encontrado con Él. Pero, bien sabemos que no es esto lo que quiere y nos insta cada día a dar lo mejor de nosotros mismos. Jesús se transfiguró para venirnos a alentar, a empujar, a decirnos que dejemos de mirar al Cielo ensimismados esperando a un milagro, y que caminemos apoyados en Él y en la Iglesia que nos ha dejado. ¿Qué mejor que ésto en lugar de acampar fácilmente, acomodándonos a una vida fácil, sin desafíos? Jesús sabe lo que necesitamos, Él nos ha creado y conoce nuestro corazón. ¡Nuestros anhelos, nuestro destino! A veces se nos nubla la vista, se ofusca nuestro corazón y se afloja nuestro caminar, es por esto que Jesús baja a la tierra a hacernos recuperar la mirada fija en Él, el latido fuerte y alegre, y el paso firme y encaminado hacia el Cielo.

Puede que hayamos caído ante las impetuosidades de la vida, e incluso ante el imposible de poder llegar algún día a estar junto a Dios. Son tantas cosas las que necesitamos, las que vemos que debemos cambiar, las que nos agobian o tiran para abajo, las que echamos de menos, las que nunca podremos tener… Pero, ¿por qué querer todo eso si lo único que vale es mantenerse junto a Él? Y, justamente, viene Jesús a decirnos unas simples palabras que devuelve la paz a nuestro corazón, palabras que nos devuelven el respirar. Levantaos, no temáis. ¡Podemos levantarnos si contamos con Él! ¡Podemos vivir nuestra realidad con Él! Nada ni nadie puede ejercer una fuerza superior a la nuestra. ¿Qué más necesitamos? Cuando menos nos lo esperemos o cuando más lo necesitemos, Él se hace presente. ¡Nunca nos deja solos!

Lo importante es tener el mismo querer de Pedro, es decir, querer quedarnos con Él, pero llevando una relación de amistad con Él. Como aquél quédate con nosotros camino de Emaús.

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