Hablando de fe (VII)

El calendario litúrgico es caprichoso y ha querido que varias fiestas grandes de la Iglesia caigan en los próximos domingos sin mediar más de una semana. Así que aquí vengo yo cada semana a propósito de la Iglesia. Espero no cansar al público. Y me ha tentado el dejar pasar la fiesta de hoy, pero… ¡no podía ser indiferente ante la Santísima Trinidad! A pesar de ser un gran misterio para todos, creo que vale la pena lanzarme a hablar cómo me ayudan estas tres personas en un solo Dios. Es de locos… pero, es una locura de Amor.

Primero de todo, aclararé qué tres personas se esconden en este Dios. Tenemos a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo. ¡Los tres, individualmente, actúan en la vida de cada uno de nosotros! Los tres, individualmente, se relacionan con cada uno de nosotros. Los tres, individualmente, se preocupan por la vida de cada uno de nosotros. Y los tres, conjuntamente, buscan el bien de cada uno de nosotros. Aunque individualmente actúen, se relacionen y se preocupen por cada uno de nosotros, ninguno lo hace siendo totalmente él mismo. Es decir, tanto el Padre, el Hijo como el Espíritu Santo tienen una huella de los demás, en cada uno está presente parte de los demás. ¡Es el mismo Dios que actúa, se relaciona y se preocupa por nosotros! Es un tanto extraño al principio, pero… ¡es una maravilla cuando se comprende esta preocupación tan concreta!

Dios Padre, la imagen de todo un padre que vela por sus hijos. ¿Qué no hará un padre por sus hijos? ¿Cómo será el amor de un padre por sus hijos? Un padre que nos ha creado, nos ha dado la vida y nos promete la felicidad eterna. Me sale acudir a Él cuando no veo mi camino claro, cuando me preocupo por la vocación que ha pensado para mí, cuando no sé qué hacer con mi vida o hacia dónde guiar mis pasos. Él es el que nos conoce como la palma de su mano. Él sabe todo y ve todo. En Él no hay tiempo ni espacio, es y está siempre. Nosotros sufrimos por el pasado, no vivimos intensamente el presente y nos angustiamos por el futuro; Él, en cambio, nos puede hablar de nuestra vida sin hacer distinción de tiempos, siempre nos hablará de su Voluntad hoy, ahora. Y ahí es dónde tenemos que fijar nuestra mirada y esfuerzos. Se nos va la alegría y la paz en esos tiempos… Tan sólo preguntar a nuestro Padre y todo aquéllo se esfumará. Porque un padre aclara las dudas de sus hijos, los acoge, los quiere y les hace claro su camino.

Dios Hijo, es ese Dios Padre que se hizo carne por nosotros. Jesucristo. ¡Dios hecho hombre como nosotros! Mirad si es grande el amor de este Padre por sus hijos que, queriendo que no nos perdiéramos en la vida, se hace carne para ser guía cercano, amigo, un peregrino más en la tierra. ¡Y vaya peregrino! Pensar en Dios es casi un absurdo, ¿quién puede hacerse una imagen de cómo es Dios? A mí me hablaron directamente de Jesucristo. Él es imagen de Dios. Así, gracias a Jesucristo, se me hace cercano Dios. Ya no es un imposible en mi mente ni en mi corazón. Ni tampoco un ser lejano e inalcanzable. Ni un ente extraño. Acudo a Jesús cuando no me entiendo como persona, cuando tengo sentimientos encontrados, cuando he metido la pata, cuando no he sabido querer, cuando se me hace difícil la convivencia, cuando necesito que me enseñe a vivir, amar, convivir… ¡Es un privilegio! Tener un amigo así… Tan divino y humano. Tan cercano. Compartimos raza, corazón, vida… Para mí es una compañía diaria, un amigo a quien acudir cuando todos los demás, aun su amor hacia mí, no logran llenar ese vacío que sólo Él puede llenar. Y ahí, encuentro paz.

Dios Espíritu Santo, el amor que fluye entre Dios Padre y Dios Hijo. ¿Cómo entender esto? Si se conoce a Dios Padre con todo lo que es (puro Amor) y a Dios Hijo (ese Amor hecho carne), podemos comprender que el Espíritu Santo es la manifestación de ese Amor, es el vínculo, el canal del Amor. ¿Por dónde sale? A través del Espíritu Santo. Además de todo lo que trae ese Amor a nuestras vidas: los dones, los frutos… Acudo al Espíritu Santo cuando necesito que me ilumine ante una conversación importante, cuando no veo las cosas claras, cuando me faltan las ganas y fuerzas, cuando el día se me hace cuesta arriba, cuando necesito un empujón. Es impresionante cómo acude de inmediato. No sé describirlo, pero es una fuerza interior que mueve al alma más dormida.

Se pueden tratar a las tres personas, se puede amar a Dios a través de ellas. Es una maravilla el poder acudir a cada uno según las necesidades concretas que tengamos en un momento determinado. Dios lo tiene previsto todo y sabe cómo llegar a nosotros. No importa ser del Espíritu Santo sólo. No importa ser de Cristo sólo. No importa ser de Dios sólo. Todos nos llevan a Dios Padre, ¡a nuestro Dios! Y cada uno nos iré desvelando la figura del resto de personas. No pueden vivir individualmente, ni quieren. Hablar de la Santísima Trinidad es hablar de comunión, de relación, de fraternidad. Dios no es un ser lejano, egoísta y solitario. Al revés, Dios es un ser cercano, generoso y relacional. ¿No nos vemos identificados con Él? Ah, no es tan raro este Dios…

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