“Tarde te amé…”

Cuando asoman en nuestro calendario cuatro días sin tener que ir al trabajo, nuestro corazón da un vuelco de alegría, nuestra cabeza empieza a elucubrar posibles planes que realizar a lo largo y ancho del país, y nuestro móvil comienza a sonar y recibir mensajes de personas que requieren nuestra presencia… Cuatro futuros días de gloria, de descanso, de ocio, de tranquilidad, de desconectar de la rutina. Cuatro días donde olvidarnos del mundo y de las personas, y centrarnos, ¡por fin!, en nuestro gustos, apetencias y en aquello que tanto nos interesa y tuvimos que dejar a un lado. Por fin vamos a poder dedicar un tiempo completo a las cosas que teníamos pendientes: terminar de limpiar y organizar nuestra casa, leer unos cuantos libros, ver montones de películas, salir de fiesta sin importarnos el horario, cambiar bombillas, coser calcetines y camisas, arreglar el armario, montar muebles…

Y cuando nos disponemos a trazar nuestro plan sobre un papel, sucede un encuentro inesperado. Éste se da en plena calle y a través de una persona con la que llevábamos tiempo queriendo quedar. Y ésta nos presenta otro plan. Y uno, sin saber porqué, se mete de lleno en ese plan olvidándose completamente de lo que estaba a punto de hacer… ¿para irse con discapacitados mentales? ¿Y vivir la Semana Santa en Cercedilla? Si ni siquiera sabemos dónde queda ese sitio y menos cómo son esas personas… Pero algo nos dice que va a ser una Semana Santa diferente y que necesitamos precisamente eso, un plan diferente con personas de ese tipo. ¿Por qué esa certeza en algo que nunca se ha vivido antes? Intuimos que por venir de una persona que conocemos, y sabemos bien que estaremos cuidados y en buenas manos. Sólo había que esperar unos días para corroborarlo.

Salir de uno mismo. ¡Cuántas veces hemos escuchado y leído esta frase! No sabemos la verdad que esconde hasta que no vivimos una experiencia donde no quede más remedio que salir de uno mismo. ¿Quién se complica la vida de esta manera? Resulta que esta locura llegó a medio centenar de personas… ¿Qué habrá en esto de darse uno mismo? En darse durante cuatro días a personas discapacitadas mentales, donde algunas repiten una y otra vez lo mismo en intervalos cortos de tiempo. ¡Tienen un vocabulario limitado pero bien que lo usan! Otra, ni habla ni oye, sólo sonríe, ¡qué gran pequeña cosa! Otra, se cabrea con el comportamiento de algún compañero, pero canta con el alma, ¡a todo pulmón! Otra, da besos por aquí y por allá, y mueve el esqueleto. Otra, es como el padre de familia: va tirando siempre del carro hacia adelante con buen humor. Otra, repite siempre la última palabra, pero nunca se cansa de repetir el servicio a los demás. Esas personas empiezan a dejar huella con sus simpleces. Cuando uno se da, recibe estas simpleces realizadas con naturalidad, cariño y desde lo más profundo de su ser, desvelando que la felicidad y alegría no están en las corazas que nos ponemos por miedo a mostrarnos tal cual somos.

Necesitamos romper esquemas. ¡Cuántos muros internos se crean por querer las cosas de una manera y no permitir que sean como tengan que ser! Uno piensa en vivir la Semana Santa, es decir, los Oficios en un templo solemnemente. Cuidando que los cantos sean litúrgicos, que no falte nada en el altar, que el sacerdote tenga los ornamentos preparados, limpios y bonitos, sin que le falte ninguna cosa… Se está acostumbrado a otras formas o la forma, y cuesta adaptarse y recibir las nuevas. Pero, ¿quién ha dicho que a éstas les falta amor, cuidado, respeto y dedicación? Una Semana Santa vivida en plena sierra madrileña no tiene nada que envidiar a la celebrada en la ciudad eterna (y que nadie se me enfade, sabéis a lo que me refiero). Fue una bonita bofetada a los esquemas preconcebidos, creídos como únicos válidos, salvaguardados durante mucho tiempo… Claro, una Misa en una cabaña, sentados durante toda la celebración, pasándonos, de mano en mano, el Cuerpo y la Sangre de Cristo… Otro Oficio celebrado en pleno bosque… ¡sin altar! Con un Evangelio representado, clavando clavos en la Cruz, compartiendo en plena celebración… No se podía concebir todo eso de golpe, pero fue un bonito despertar a la acogida, a la comunión, a la unidad. ¿Quién dijo que no fuera compatible? Se conoció, así, una manera palpable y cercana del Amor que tiene Jesús por cada uno. Si algo se ha vivido durante estos días ha sido esto último: unidad por todos los costados. Entre los usuarios y los voluntarios, entre las familias, entre los amigos, entre conocidos y desconocidos. Siempre unidos, sea la hora que sea, sea el momento que sea, apetezca más o menos. ¡Unidos!

Hay otras formas de querer y de mostrarnos cercanos. No siempre lo más grande es lo mejor, ni lo más llamativo y elaborado lo más cercano. No, hay otra forma de querer al de al lado, hay otra forma de mostrarnos cercanos al prójimo, y no es otra que la de la sencillez. Un corazón sencillo que sepa apreciar los matices, un alma sencilla que detecte las necesidades, una persona sencilla que sólo le importe amar y no cómo ama ni a quién. Y lo sencillo es coger de la mano a una de esas personas, darle un beso, decirle alguna cosa cariñosa, caminar junto a ella… Lo sencillo es bailar o contar un chiste a esa persona, haciéndole partícipe de la vida. Lo sencillo es jugar a los bolos toda una tarde con esas personas sin importar el tiempo dedicado ni si para nosotros es ya cansino. Lo sencillo es apreciar la Naturaleza y disfrutar de ella juntamente con esas personas, no dejándolas de lado. Lo sencillo es amar a esas personas desde un corazón sincero, y dejarse amar tal como eres por esas mismas personas.

La comunidad te habla de ti. ¿Cómo puede ser? La vida en comunidad es una familia donde aprender a amar y ser amado tal como somos. La vida compartida nos enseña cómo vivirla. La vida vivida junto a otras personas nos hablará sobre nosotros, nos mostrará vulnerables, nos dará pistas para vivirla en plenitud. Sin el roce de otras personas no podríamos pulirnos, sacar el brillo que tenemos en nuestro interior. Estos días compartimos momentos muy cotidianos y todos ellos los vivimos con orden, alegría y generosidad. También, celebramos la Vigilia Pascual junto a centenares de personas en otro lugar y todos seguimos siendo ahí una familia, aunque ahora un poco más grande. Compartidos momentos de oración y de apertura del alma, sin miedo y con necesidad de apoyarnos en esa comunión que se palpaba desde el primer día. Somos capaces de conocernos cuando estamos en relación con el otro. Es fácil hablar de nosotros cuando nos damos a los demás. Todo lo que somos se purifica, nos van dando forma, nos vamos pareciendo más y más a Cristo.

Tarde te amé, Cercedilla con sus gentes, ¡tarde te encontré! Y, precisamente por este tiempo de una ausencia que no conocía, puedo decir que había algo en mí que sólo podía llenarse con la presencia de esas personas.  ¡Gracias, D. Orione!

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6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. MARIA JOSE MOLES CEREZO dice:

    Gracias por escribir esas cosas… que nos abren a una realidad escondida.
    Me da esperanza. Me gusta.

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    1. ¡Buenas, María José! ¿Nos conocimos allí? Perdona, los nombres y yo… Muchas gracias por leerme y dejar tu comentario. A mí también me da esperanza el haber vivido esta experiencia con esas personas. ¡Saludos!

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  2. Isra dice:

    Gracias por compartir ésto, y gracias por tu granito de arena en tu lucha a favor de la unidad.

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    1. ¡Isra! Qué ilusión que dejes tu huella aquí. ¡Gracias! No podía quedarme muda ante lo que vivimos. ¡Un placer y toda una experiencia pasar estos días contigo! ¿Repetiremos?

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  3. Yolanda dice:

    Rocío…mil gracias …creo q nunca es tarde….y espero tener la oportunidad de volver a verte…y conocerte…
    Gracias x todo. YOLI DE VALENCIA TB…

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    1. ¡Gracias, Yoli! Qué alegría leerte por aquí. Los caminos están unidos ahora, quién sabe, quizás pronto nos volvamos a ver. Un placer compartir estos días contigo y tu familia. ¡Saludos!

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