Ahuyentando fantasmas

Es increíble cómo podemos recuperar la paz con tan sólo una llamada. Una paz que se perdió por culpa de unos viejos fantasmas del pasado que volvieron a hacerse notar en el presente. Fantasmas que tienen forma de miedos, fracasos, exigencias, maltratos… O, simplemente, nos recuerdan situaciones que una vez vivimos y no supimos cómo gestionarlas. Situaciones que nos pusieron en evidencia, que mostraron una cara falsa de nuestras personas o que provocaron que nos comportáramos de una forma que no va con nosotros, o hiciéramos una cosa que no pensáramos realizar. Tan sólo una llamada, y todo aquéllo se desvanecería.

Es increíble cómo podemos recuperar la sonrisa con tan sólo poder pensar en voz alta. Una sonrisa que se apagó por culpa de fantasmas que atacaron nuestros recuerdos felices, nuestros momentos puros, nuestras vidas inocentes. Recuerdos que cambiaron de rostro tras aparecer esos fantasmas cargados de palabras, gestos y silencios corruptos. Estaban rotos de significado, de amor, de sentido, de cercanía. Todos esos gestos que tampoco supimos gestionar y hacer frente, y que nos dejaron una marca profunda en el corazón. Estábamos ya heridos. Tan sólo poder pensar en voz alta, y aquél rostro volvería a sonreír.

Es increíble cómo podemos recuperar el amor propio con tal sólo verbalizar. Un amor que se quedó en un rincón muy lejano y profundo de nuestro corazón. Quedó lejano y profundo por culpa de fantasmas que fijaron nuestra mirada en lo externo, nos dirigieron a compararnos constantemente y nos llenaron así de envidias. Nuestra mirada nunca volvió a ser como antes, pura e inocente, tras nacer del vientre de nuestra madre.  Esa mirada estaba llena de rencores, de falsos deseos, de destellos de amores mundanos. Aquélla estaba encerrada en un mundo de placeres, estaba abocada a lo de afuera, y nunca más pudo replegarse hacia adentro. Tan sólo verbalizar, y esa mirada recobraría la luz sobre sí misma.

¿Qué es lo increíble? La manera que una historia personal puede cambiar con tan sólo una llamada, el poder pensar en voz alta y verbalizar. ¿Quién lo hace increíble? Esa persona que está a nuestro lado descolgando el teléfono, poniendo sus oídos y recibiendo nuestras palabras. ¿Por qué es increíble? Porque algo tan pequeño como una llamada tiene una repercusión grandísima. Un gesto sencillo que abre nuestro corazón, amplía nuestra mirada y siembra la esperanza.  ¿Cómo estar tan seguros de ésto? Porque vuelve a nosotros la paz que un día perdimos, la sonrisa que un día se desdibujó, y el amor propio que un día se oxidó.

Estamos acostumbrados a sobrevivir, a resolver nuestros problemas, a seguir caminando cueste lo que cueste y sea como sea. No importa cómo estemos, qué llevemos puesto ni por qué seguimos hacia adelante… hasta que un día esos fantasmas aparecen y hace tambalear el edificio que a duras penas hemos ido construyendo. Puede que los silenciemos como en otras tantas ocasiones. Puede que los ignoremos o hagamos como si nunca los hubiéramos visto. E incluso, puede que les hagamos acampar a sus anchas sin poner resistencia, pero dejándonos un sabor agridulce después. Y ese después es lo que nos despierta, una y otra vez, del largo letargo. ¿Para cuándo esa llamada, ese pensar en alto, ese verbalizar? Sabemos bien que nuestra paz, nuestra sonrisa y amor propio están a tan sólo un sencillo gesto. La cuestión es, ¿cabe ese gesto en tu apretada agenda? Cuidado, los fantasmas vuelven a atacar.

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