¿Y dónde me sitúo yo?

Vuelvo a la carga con otra charla que escuché hace no mucho. Una charla que pertenece a un ciclo de charlas. Este ciclo pertenece a un nudo. Y de ese nudo partimos nosotros. Porque, ¿qué es el hombre sino un cúmulo de cuestiones que engloban un misterio? Y un Misterio en mayúsculas. Últimamente, estoy teniendo el gran privilegio de asistir o ser invitada a interesantes planteamientos, diálogos y ponencias donde se parte de la persona. Y ésto es lo que me apasiona más que nada en el mundo: lo que tiene que ver conmigo. En esta charla, el ponente nos situó, o más bien, nos mostró el mapa de la sociedad o de nuestro mundo de hoy para que cada uno se situara donde más le conviniera.

¿Cómo está el mundo? Así se titulaba y así comenzó, todos nos miramos dubitativos, cogiéndonos a nuestro asiento con cierto miedo a lanzar una respuesta. O, sobre todo, a recibirla. Miramos enfrente y nos encontramos con tantas cosas, acordes o no a nuestro estilo de vida, que nos revuelven las entrañas. Hay un cierto desasosiego por lo que se nos viene encima. ¿Ah, pero que se nos viene algo encima? Hay quienes todavía no han despertado, incluso no quieren abrir los ojos. Éstos miran hacia otro lado, no toman parte en el asunto, no se manchan con el fango. ¡Pretenden encontrar el tesoro sin entrar en las tierras movedizas! Y, justamente, el mundo no está hecho para la comodidad, sino que necesita de intrépidas personas que se arremanguen y vivan su realidad.

Advierto que este ciclo de charlas se caracterizan por una mirada antropológica cristiana, y que todo está centrado en la creencia y vivencia de un Creador (Dios) que nos regala nuestra existencia en el mundo, nuestro querido mundo. Pues bien, echando una mirada a la historia, a nuestra historia, vemos que a lo largo del siglo XV con la Reforma protestante, se pierde la experiencia de la comunidad, no la idea, sino la vivencia de la comunidad: personas que comparten, se ayudan, se acompañan en el camino de la vida. Por tanto, al matar la comunidad, se pierde la Iglesia. Se desvanece el sentimiento de pertenencia que toda persona busca y da salida. Y, como consecuencia, se abre una posibilidad al suicidio. Quien no se siente parte de algo, ¿qué hace en el mundo? Mejor quitarse de en medio. Y con esa pobre visión se quedaron.

En el período de la Ilustración se acepta que haya muchas religiones, se sabe que Dios existe (o la idea de un Dios), pero se discrepa que justamente sea Jesucristo el Salvador, el único válido. Ésto ya no lo creen. Así se dio paso a una sociedad que volvió la espalda y casi olvidó el ejemplo de un Dios que se hace hombre, ¡de carne y hueso como ellos, como nosotros! También hace oídos sordos de que ese Dios diera su vida por amor, por amor a cada uno, a ti, a mí. Y una persona que da la vida por alguien dice mucho del sentido de su vida. De este modo, aquella sociedad perdió el sentido de la vida, y dejó paso a la corrupción del hombre. Se pasa al siglo XIX con la matanza de Dios, se pierde su persona, su mirada amorosa sobre nosotros. Y se metieron de lleno en la sospecha: no es que Dios exista o no, sino que no se sabe quién es Dios, no se le conoce, o más bien, se tiene una idea de un Dios superpolicía, controlador del pueblo y de los poderosos. Todo se reduce a que Dios es un invento para esperar una vida mejor mientras no nos preocupamos de cambiar esta vida. Y a lo lejos se oye decir a Freud que Dios es la gran neurosis obsesiva de la sociedad. Y, por lo tanto, perdiendo a Dios, perdemos el fundamento de todo.

¿Y en el siglo XX, qué? Estamos acudiendo a la peor obra de nuestras vidas: se está perdiendo al hombre, ¡a nosotros mismos! Aparece el existencialismo, puro, donde no hay esencia en el hombre y por ello, no hay nada en común entre un hombre y otro. Se nos reduce a puras existencias sin fundamento. Escribiendo esto ahora, ha provocado que resuene este versículo de la Biblia en mi mente: ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él? (Referido a Dios). Nada que ver con lo que plantea la sociedad de hoy donde el ser humano ha dejado de tener importancia. ¡Se han olvidado de ellos mismos, se han olvidado de nosotros! Y me pregunto qué es lo que ha pasado en el interior de la persona para llegar a tal punto, para, incluso, no darse valor ni verse en el otro, ni necesitado de una identidad ni de la ayuda del otro para construirla.

Todo ello plantea unas ideas, y unas ideas que son contradictorias. Curiosamente, ¡conviven en la sociedad! ¿Cómo puede ser? Tan sencillo como que somos personas únicas, con una inteligencia y voluntad libres, y que por ello podemos vivir tan diferente unos y otros. Pero, ¿tanto como para hacer vida esas ideas que sugieren y buscan la pérdida de la persona libre, pura, trascendente y completa? Sí. El ser humano es capaz de todos los horrores y todos los errores. ¡Y también de reflejar la Belleza! Pero parece ser que no tiene lugar ni importancia hoy, ni ayer y menos mañana. En ésto están implícitas las ideas contradictorias.

Vemos la primera en el hombre que es Dios (es el nuevo Dios, si Él ha muerto alguien debe serlo. No es que exista Dios, es que no nos interesa que exista. El hombre se endiosa y quiere alcanzar el máximo poder: muerte y vida); y el hombre que es nada (el ser humano es nada, nuestra vida es absurda. No es importante y no sirve para nada. Se rebaja al ser humano y se ensalza todo lo demás).

La segunda idea es la de que el ser humano es materia (somos puras máquinas, damos importancia a lo material. Lo principal son las relaciones materiales, económicas);  y el ser humano es espíritu (somos puro espíritu, energía. Llenamos de superstición nuestra vida y llegamos a limpiar de auras nuestras casas).

La tercera idea contraria la encontramos en los valores masculinos  y femeninos (el hombre es el que vale por encima de la mujer. Y los valores típicamente masculinos son los que prevalecen); y la no diferencia entre sexos (se emborrona la diferencia, se vive la teoría Queer: no hay diferencias, no hay un modo propio de ser varón o mujer. No hay nada que marca lo que debo ser).

Y la última idea es la del hombre lobo, malo (el ser humano es alguien malo, si lo dejas saca lo peor de sí. Hay que controlarlo, hay que reprimirlo. Necesita más coacción para que crezca rectamente. Sin la cultura el hombre es un animal); y el hombre bueno, ángel (el ser humano es bueno por sí mismo, si es malo es porque los demás lo hacen malo. Dejamos al hombre que se desarrolle en libertad, sin enseñarle ni educarle).

Y como centro de todas estas ideas contradictorias se encuentra la imagen cristiana del hombre que nos salva y nos sostiene en pie.

Así concluyó y así pude, POR FIN, respirar. No podemos ser pesimistas ni optimistas, sino realistas.

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