Rewind

Volvamos al comienzo, a saborear lo que un día tuvimos y parece que hoy ya no exista e incluso no se vaya a dar jamás. Ese comienzo donde caminábamos uno junto al otro, sin ropa que cubrir nuestro cuerpo desnudo, sin heridas, sin vergüenza. Al comienzo donde fuimos de verdad, sin dobleces, con sinceridad. Ese comienzo que era esperanzador, lleno de amor, sin egoísmos. Rebobinemos. ¿Crees que es posible ésto?

La experiencia humana me ha dado una respuesta afirmativa. Hay tantas que descoloca un poco. No todas tienen la marca de aquel comienzo ni por asomo, pero hay otras que calcan a la perfección todo ese comienzo que recordaba en el párrafo anterior. Y así lo resumía un conocido italiano tras una experiencia humana vivida juntos. Hablaba del Paraíso, aquel lugar donde nos situamos cara a cara con nosotros mismos y con nuestro semejante. Aquel lugar donde caminamos desnudos, mostrándonos tal cual somos, sin un ápice de timidez. Aquel lugar que se esfumó de nuestras vidas. Escapó de nuestras manos tras una acción libre. Aquel lugar del que ya nunca más supimos o del que no pensamos que pueda volver a estar a nuestro alcance. Ni que podamos revivirlo aunque sea en una mínima parte. ¿Nos lo merecemos?

La experiencia humana me ha vuelto a dar una respuesta afirmativa. Merecemos gustar todo aquéllo de nuevo, cada día, en nuestra pobre vida aquí en la tierra. Se puede dar de nuevo si hacemos vida el cara a cara, si caminamos en la verdad, si nos abrimos a la común experiencia humana. ¿Qué es lo que compartimos, eso de lo que partimos todos? La herida. Ésta dio paso a escondernos, a no mostrarnos tal cual somos, a querer mostrar otra cara, otra vida, otro vivir. Esa herida que provocó tantos destrozos, tantas vergüenzas, tantos actos horribles. La herida que causó una grieta dentro de nosotros. Una grieta que dividió lo que fuimos y lo que ahora somos o creemos ser, incluso nos empeñamos ser a pesar de lo que fuimos. Antes de la herida hubo amor. Después de la herida hay un amor corrompido, casi imperceptible para muchos. ¿Se pueden unir las dos partes que separó la grieta?

La experiencia humana no para de darme una respuesta afirmativa. Más que una posibilidad es una necesidad. Necesitamos unirlas, juntar de nuevo aquel comienzo con nuestro día a día. El amor que hubo antes de la herida que propició la grieta está entaponado. Hay un freno que le impide mostrarse de nuevo y recorrer cada agujero que no hace más que causar un profundo dolor en nosotros. Y ese freno no es otro que la falta de un lugar donde compartir y hablar de la herida común a todos. Un lugar como el Paraíso donde poder mostrarnos de nuevo sin vergüenza, y vernos cada uno como lo que somos, hombres y mujeres heridos. Una fraternidad que acoja nuestra historia herida, donde la sinceridad y confianza sean las abanderadas. Una fraternidad que hable de esperanza y la muestre a través de esas experiencias humanas que tanto nos hacen falta. ¿Puede sanarse la herida por la experiencia humana?

La experiencia humana insiste en darme una respuesta afirmativa. No hay nada de lo que uno sufra que no lo haya sufrido otro. No hay nada que haya podido hacer uno que no lo haya hecho ya otro. No hay nada de lo que se arrepienta uno que no se haya arrepentido ya otro. No hay nada por horrible y vergonzoso que sea, que no sea horrible y vergonzoso para otro y haya sucumbido a ello. No hay nada que no pueda ser sanado, rescatado, llevado al inicio, a ese comienzo donde reinaba el amor. No hay nada que escape de la experiencia humana, pues todo, TODO nos afecta, nos provoca, nos interpela ya que somos seres en relación. Si la herida que causó una grieta en nosotros nos hizo cerrar las puertas de nuestro ser relacional, esa misma herida y sólo ella será la que nos hará volver al inicio, a ese comienzo anhelado, para volver a abrir esas puertas que creíamos infranqueables. Y estas puertas, a través de la experiencia humana, nos llevarán al amor de nuevo.

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