Hablando de fe

Ayer, en un rato entre reposo de la comida y salir a la calle, vino a mi mente esta idea. He comprobado que no vienen solas por arte de magia. Hay alguien o algo que las empuja a mi mente. Es cierto que la música tiene algo que ver en todo esto. La inspiración viene siempre entre notas musicales. Al menos así se da en mi caso. Y, justamente por tener que ver todo con la fe, esas notas eran de canciones cantadas a este Dios que vengo a daros a conocer. Ahora que comienza el año quiero presentaros a un amigo y cómo vivo la amistad con Él. Lo haré a través de las fiestas grandes, ¡no quiero daros la brasa cada día!

La idea aterrizó en mi mente con tal fuerza que paralizó cualquier otro pensamiento que amenazaba con aparecer. Y fueron unos cuantos, doy fe. Fui dando forma a esa idea: empezaría ya, con la primera fiesta del año. ¡Llegaba tarde! Justo el 1 de enero los católicos celebramos María, Madre de Dios. Y, unos días más tarde, la Epifanía. Ya empezaba con mal pie. Olvidando esto me acordé que al día siguiente, hoy, celebramos el Bautismo y que podría juntar las tres fiestas en el primer escrito. Algo así como las rebajas: llévese tres y lea sólo uno. Reconozco que se me escapó una risa vergonzosa, ¡ni los católicos nos libramos del marketing! Supongo que hay que saber moverse por estos ámbitos, y atreverse. Así que aquí me presento contra viento y marea.

Ya hace una semana que descorchamos la botella de champagne celebrando el nuevo año 2017. Justo hoy, hace siete días también, los católicos experimentábamos doble alegría. Ese 1 de enero era la fiesta de Santa María, Madre de Dios. Lo decimos de corrido con tal naturalidad que poco nos paramos ante semejante hecho. ¿Dios tiene Madre? Y, además, ¿es mi Madre? Cada año no salgo de mi asombro. Cada vez entiendo un poco más y un poco menos. Es difícil acoger todo esto de golpe. Y es cierto que cada uno tiene su tiempo y su historia personal. Pero, yéndome a lo sencillo, qué bonito es saber que tanto en la tierra como en el cielo, tengo una mano materna que me cuida, ya sea en la distancia como en la cercanía. Y qué madre se olvida de sus hijos… (olvidémonos por un momento de esas madres heridas). Siempre está al lado, no se separa y todo le interesa de nosotros. Nada ni nadie queda fuera de su preocupación. Qué poco es un día para degustar esta compañía, pero qué bien que la Iglesia ponga este día para agradecer tal compañía.

Hace dos días, el viernes, celebramos la Epifanía del Señor. Para muchos e incluso para mí, es una palabra un tanto extraña, difícil de entrever su significado. En un 6 de enero sólo se piensa en los Reyes Magos y no lo culpo, pues parte de razón tienen los que así recuerdan este día. Epifanía significa manifestación. Pero no una de esas tantas que se realizan en Madrid, no. Es más aparecerse, darse a conocer. Y eso hizo el Hijo de Dios, ese bebé, el recién nacido, Jesús. ¿Dios tiene un Hijo? Y, además, ¿yo también soy Su hija? Él es hijo natural de Dios, nosotros somos adoptivos. Otra vez inmutabilidad ante esta fiesta, no por no sentirla, sino por no vivirla como tal. Cuando uno vive las cosas como le son dadas, más las cree, más las hace suyas. Se muestra al Hijo de Dios tan parecido a todos los bebés que conozco… Qué desconcertante, pero a la vez qué descanso saber que Dios se ha hecho humano como yo. No hay en Él un ápice de glamour ni pretensión. Tan sólo un pobre pesebre en una humilde posada. Así es Dios, tan grande pero tan cercano. Qué poco es un día para degustar esta cercanía, pero qué alegría que la Iglesia dedique este día para familiarizarnos con esta cercanía.

Y hoy, domingo, celebramos el Bautismo del Señor. Reconozco que utilizar el nombre de Señor no me agrada mucho, simplemente por verlo referido a alguien mayor. Aunque es cierto que cuando Jesús fue bautizado ya era un adulto, fue el comienzo de su vida pública a los 30 años. Por preferir, prefiero Bautismo de Jesús, pero eso no tiene importancia aquí. Es más, decir Señor tiene mucho que ver… ¿a quién llamo yo Señor? ¿A quién dejo ser Señor de mi vida? De nuevo me quedo pasmada ante esta otra fiesta, ante este otro hecho, real, donde Jesús quiso ser bautizado para que se cumpliesen las Escrituras, para cumplir la Voluntad de Dios Padre. Él, que podía todo, prefiere ser uno más. Semejante en todo a cada uno de nosotros. A ti. A mí. Menos en el pecado. Pero, con el bautismo nos abre un camino para hacer frente a eso que nos diferencia. Unidos a Jesús por medio del Bautismo, no hay pecado que perdure en nuestra existencia ni que no pueda ser combatido. Qué garantía el poder vivir así, saber que mi vida aquí en la tierra no tiene las de perder si camino con Jesús, si le dejo caminar a mi lado. Qué poco es un día para degustar esta semejanza y unión, pero qué bueno que la Iglesia recuerde este día para renovar nuestra semejanza y unión.

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