Ceder para vivir

¿A quién le gustan los imprevistos? ¿Ser espontáneos y dejarse llevar? ¿Quién prefiere improvisar a planear? No podemos estar siempre moviéndonos por nuestros propios planes, empeñados en sacar a toda costa lo que nos hemos propuesto. Es imposible. Es cancerígeno. Es, más bien, contraproducente. En algún momento hemos de reconocer que hay algo o alguien que nos precede, que tira de nosotros, que hace nuevas todas las cosas, aun las que aparentemente pensamos que lo son ya.

Hay una compañía silenciosa en el ceder. Hay algo o alguien que se mueve a nuestro lado, haciendo que en ese ceder salga nuestra persona renovada, reafirmada y sacada de su escepticismo. ¿Puede eso otro llenarme tanto o más que lo que yo quiero y busco realmente? Y es cierto, ante nuestro empeño, ante nuestra libertad herida que busca una y otra vez su goce, sale al encuentro ese algo o alguien conmovido por aquéllo. Por más empeño que ponga esa libertad herida, más pone ese algo a alguien, más conmovido a salir en nuestra ayuda, a sostenernos en nuestro egoísmo y querer manejar el timón.

No cederíamos si no hubiera ese algo o alguien que toma la iniciativa. No se da el brazo a torcer a menos que surja una propuesta. Y ante esa iniciativa no nos queda otra que obedecer o interpretar. ¿Se cede por resignación, por abatimiento? Si la iniciativa es lo suficientemente atractiva no hay más que seguirla. Ni por resignación ni por abatimiento, sino por atractivo. Por interpelarnos. Por sacarnos de nuestras miras cortas y obstruidas por el egoísmo. Cuando dejamos de mirar hacia el bien, a ese algo o alguien que nos lo proporciona, dejamos de tener deseo de ese bien, anhelo de ese bien. Llegamos así a despreciar lo que nuestro corazón anhela. ¿Reina el escepticismo en nosotros? Reinará si dejamos de lado nuestra persona, si dejamos de construirnos.

No tenemos que hacer nada, todo se nos da. Ese algo o alguien se presenta, está ahí afuera o adentro. Está. ¿Qué empeño el nuestro entonces? Ceder. Todo se reduce a esto. Dejarnos hacer, dejarnos salvar, rescatar de la indiferencia, del egoísmo, del escepticismo, del relativismo, de la mediocridad. Dejar que ese algo o alguien nos salve cediendo y siguiendo. Obedeciendo. ¿No sólo hemos de ceder sino también obedecer? Van de la mano. Cuando cedemos, estamos obedeciendo a otra propuesta, a otros planes, a otra iniciativa. Obedecemos a alguien diferente a nosotros mismos. Eso es ceder, es obedecer.

Y muchas veces pasa que queremos un descanso o incluso un placer o mini placer ante la iniciativa de ese algo o alguien. Pedimos reafirmar nuestra antipatía, nuestro egoísmo en esos pequeños placeres. Nos viene de imprevisto aquella propuesta, ese cambio que anhelamos pero que nos viene grande. Y nos perdemos. Y no cedemos. Si nos topamos con esa iniciativa, ¿por qué mirar para otro lado? ¿Por qué no acogerla? Ese algo o alguien no espera que nosotros seamos capaces de hacerlo con nuestras propias fuerzas, sino que vayamos decididos a ceder para vivir, para prepararnos a vivir aquello que buscamos una y otra vez y que no sabemos buscar ni vivir.

No estamos solos. Ni lo estaremos. Cediendo nunca perderemos batallas. Pero hay que saber ceder. Y a qué se cede. Reconocer la iniciativa de ese algo o alguien sólo será posible si cedemos nuestra mirada egoísta para que nos la limpie. Entonces veremos manos amigas que se nos presentan en el camino para hacernos más fácil el reconocer ese algo o alguien en nuestra vida. Porque no es fácil si siempre oponemos resistencia. Es increíble la desproporción o la curiosa proporcionalidad inversa en la preferencia de ese algo o alguien y la resistencia del hombre.Cuanta más resistencia nuestra, más iniciativa de ese algo o alguien. ¿Por qué cuesta reconocer esa iniciativa que hace que el alma respire, descanse?

Quizás porque olvidamos. Tenemos atrofiada nuestra memoria. Seguro que todos tenemos en nuestra historia una vivencia. Esa vivencia. La vivencia. La que marca un inicio, un cambio, un recomienzo. Una vivencia que nos hizo reconocer ese algo o alguien. Y tal vez olvidamos mirar las circunstancias desde la memoria. Desde esa vivencia que guardamos en la memoria para hacer frente a todos esos capítulos de escepticismo, de duda, de egoísmo, de mediocridad que se repiten en nuestro caminar. No hay capítulo oscuro que no cobre luz si cedemos. ¿Por qué entonces ofendemos? ¿Por qué dejamos de mirar? Por no ceder, por vivir para nosotros mismos. Infidelidad. Sí, somos infieles. Aun eso, ese algo o alguien no se cansa nunca de que le exijamos que nos demuestre lo que nos conviene. Que nos reafirme que eso que estamos viviendo no es lo que nuestro corazón anhela verdaderamente. Y así, a través de nuestra infidelidad, llegamos a reconocer ese algo o alguien que nos levanta la mirada, nos la limpia, nos la renueva.

Quizás, y así es, experimentar el sentido de nuestras ofensas nos despierta. Nos damos cuenta de la presencia de ese algo o alguien. Nos confirma que la lucha aquí en la tierra, nuestro día a día, no es más que un diálogo entre nuestra debilidad y su fidelidad. La fidelidad de ese algo o alguien. Es tiempo de cambio, es tiempo de espera, es tiempo de ceder. Es tiempo de Adviento.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. M.M. de Jesús dice:

    No está nada mal este programa de Adviento. Unidas.

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    1. ¡Perdona, M.M. de Jesús! Acabo de acordarme de ti. Es curioso, al menos me pasa a mí, justo el tiempo de Adviento me viene como anillo al dedo, cuando más lo necesito. Eso digo todos los años, pero es cierto que en estos últimos ha coincidido con unas vivencias personales que bien les hace falta un poco de Adviento para limarlas. ¡Unidas!

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