Carta abierta: “Tu amistad me hace bien”

Recuerdo la primera vez que escuché esta canción. No pensé en ti, mi mente y mi corazón fueron a posarse en otras personas. En cambio, al inspirarme estas palabras que ahora te escribo, no ha habido forma de parar esos acordes que aquella vez tanto bien hicieron a mi alma. Y aquí me tienes, armada con bolígrafo y papel, dispuesta a dejar pasar nuestra historia por mis pupilas y constatar que el título de esa canción bien hace justicia a tu amistad.

He leído que muchas amistades comienzan con un “me caes bien” e incluso otras, por lo contrario. No creía en esto último hasta que dos actuales amigas me lo confesaron. Y hasta que no me puse a pensar en nuestra amistad. ¿Cómo empezó todo? Con un rechazo a tu persona por mi parte. No era un rechazo en su totalidad, sino más bien una indiferencia: sabía de tu existencia pero no me suscitabas interés. Hablaban de ti en mi casa, en el colegio, hasta algunos amigos míos (no muchos, he de decir). No comprendía el porqué de tu popularidad pero tampoco me llevó a querer saber más de ti. Crecías a mi lado pero yo no lo valoraba ni tampoco me importaba. Me acostumbré a ello. No modificaba mi vida ni la ponía en peligro. Podía vivir así el tiempo que quisiera.

Aunque no recuerdo exactamente cuándo nos conocimos ni a qué edad, dónde y quién nos presentó. Siento decirte que me pasaste desapercibido, y si hubiera un día señalado, perdóname, no tengo memoria para mis recuerdos de niña salvo si hay fotos de por medio. No eres de esos amigos comunes, me refiero, al guay, el superdotado, el que sobre sale, el más deportista… No, eso ya me quedó claro cuando nos conocimos más detenidamente. Sé que caíste bien a mi familia y que siempre te hicieron hueco en la mesa y te invitaban a quedarte. Pero tú y yo no sé cómo no tuvimos un buen comienzo, de esos a lo grande, donde se inventan historias y se sueña despierto. No, el problema fue que tú sí que fuiste amigo desde el inicio y yo no. Quizás me dejé llevar por el ambiente, no te acogí, ni hicieron que te tuviera como amigo. ¡Casi no oía hablar de ti en los años siguientes!

Estuviste conmigo en un momento muy importante para los dos cuando apenas tenía siete años. Y, aun lo importante del momento, no supe retenerte en mi vida invitándote a merendar o a pasar la tarde jugando en mi casa o en el parque. Y nunca me sentí triste por ello, ya jugaba con mi amigo invisible o con alguno de mis hermanos. En clase pocas veces oía tu nombre, por eso nunca estrechamos amistad. No recuerdo mucho más salvo ya en la adolescencia, en clase de ética, donde aprovechaba los ejercicios y deberes para hablar de las cosas importantes que tú habías metido en mi corazón. Eso sí, todo en papel, nada a viva voz. La vergüenza… Perdona que te lo diga así, pero tuve vergüenza de tu amistad. Al no ver que otros te quisieran, yo me dejé llevar por ello. No era consciente, ¿o sí? En esas edades no me mostraba tal cual era, pensaba y creía. Todo a medias.

Ya con quince años estuviste más presente en mi vida. ¿Cómo dimos ese salto en nuestra mistad? Por mi parte no fue, la verdad; ya te he dicho que no empezamos con buen pie. Recuerdo que sabía qué te gustaba y qué te entristecía. Algunas veces vi tu cara y eso provocó que yo me alegrara o sintiera desolación. No por ti, sino por mí. En ese momento no sentía que te fallase como amiga. Realmente, no tuve dolor sincero de traición. Nos conocimos un poco más en aquel verano de 2005 cuando yo casi acariciaba la mayoría de edad. Recuerdo que nos conocimos tímidamente no por ti sino por estar yo en otras cosas, no fuiste lo suficientemente impactante. También es cierto que fue en Manchester, rodeada de un idioma que todavía no dominaba y con personas que fueron compañeras de un campus de verano. Aunque lo único que recuerdo fue, y mantengo vivo el momento, cuando te encontré en esa sala a oscuras sólo reconocible por una lucecilla roja alumbrándote tímidamente y dando luz a esa aparente oscuridad. He de reconocer que ahí despertaste en mí curiosidad por ti.

Recuerdo que, como cualquier “amor de verano”, el interés por ti se esfumó pronto y pasaste a un segundo plano hasta el verano siguiente cuando conocí a un muy buen amigo tuyo en Valencia. Se llamaba Joseph. Fue en julio de 2006. ¡No paró de hablarme de ti! Creo que ése fue un momento importante en nuestra relación de amistad. A partir de ahí ya hubo un interés real por ti, por que estuvieras en mi vida.  Y llegó otro de esos momentos importantes en mi vida, en los que tú, como siempre, no pensaste olvidarte de mí, y ahí estabas. Ya teníamos 16 años, pero… creo que nunca fui sincera contigo. Siento decepcionarte, pero seguí estando influenciada por mis amigos y el ambiente. ¡No recuerdo haber pasado tardes contigo! Es verdad que me acompañaste a las discotecas y que viniste a los viajes del colegio. ¡Vaya miradas me lanzabas! Eran miradas que hablaban, me decías tanto, me transmitías amor. ¡Me mirabas viendo quién era realmente! Me sentía interpelada y sabía qué cosas estaba haciendo mal y qué otras me ayudaban a crecer.

Pero eso fue sólo cuestión de dos años donde creció nuestra amistad, pero para nada se hizo profunda. ¿Te acuerdas de aquella Semana Santa en Roma? Teníamos 19 años… Ahí ya había más que estrenado la mayoría de edad y eso se notó en cómo me tomé de en serio nuestra amistad. Creo que Roma fue el comienzo de una maduración personal entre tú y yo. Y eso se notó en los siguientes cinco años. ¡Ya no hacíamos tonterías! Pero sí que quedaban locuras de amor. Éstas me confirmaban que debía conservarte como amigo en mi vida. Me pongo a pensar en todo lo que has soportado conmigo, en todas tus palabras de ánimo, en tus abrazos reconfortantes, en tus caricias sanadoras a mi corazón rasgado… ¿cómo lo haces? ¿Cómo consigues estar ahí… SIEMPRE? Me miro en ti pero ¡es tan difícil seguirte! Ojalá nunca más me aparte de ti y tú de mí. Es un privilegio tenerte como amigo; aún me asombro y me pregunto por qué te pasan esas cosas que me cuentas, esos rechazos continuos, esas habladurías falsas, ese miedo a conocerte. Realmente, no te conocen. Tampoco yo, pero estoy contigo y te quiero en mi vida.

Recuerdo que a mi hermano mayor le extrañó mucho que tú fueras mi amigo si tanto te aborrecí de pequeña o me eras indiferente. Mis otras hermanas simplemente me dijeron si tu amistad me hacía feliz, y como asentí, ahí se quedó todo.
Un golpe duro a mis 24 años hizo que se tambalease nuestra amistad. Aunque mirando todo con calma ahora, no fue nuestra amistad la que se tambaleó, sino mis circunstancias. Me distancié un poco de ti, ya no te veía tanto ni acudía a ti como antes. ¡Pero te noté tan cerca! Creo que fuiste el único que no se bajó del barco y realmente te hiciste cargo de la situación. En serio, ¿qué hubiera sido de mí sin conocerte? Pienso en esos años sin ti y les falta algo, ¡alguien! Y desde entonces puedo contar nuestros años de amistad con todos los dedos de mis manos, ni uno más ni uno menos. ¡Vaya aventura juntos! Si tuviera que representar mi amistad contigo utilizaría la imagen de una montaña rusa. ¿Nada de estabilidad? No estaba pensando en eso, sino en ¡qué locura! Las auténticas amistades siempre incorporan esta palabra a su historia, y la nuestra no iba a ser menos.

No has sido desde el inicio una de las personas más importantes de mi vida, pero he notado tu ausencia cada vez que no he contado contigo o no te he tenido cerca. ¡Mira si me has calado hondo! Han sido unos años difíciles algunas veces; interesantes otras, pero siempre ha valido la pena tenerte en mi vida: has sabido ponerle ese brillo que le faltaba. Aunque hayan cambiando las circunstancias, el ambiente, nuestros amigos en común… puedo decir que sigues ocupando una parte de mi corazón. ¡Te la has ganado! Lentamente, has sabido captar mi atención, mi interés y mis necesidades. Y para nada lo has tenido fácil estos últimos cuatro años; ¡bien sabes tú cuántas cosas han pasado en mi vida! Experiencias diferentes, mudanzas, amigos nuevos, cargos importantes, una lesión de tercer grado… Más motivos para habernos distanciado pero justamente en todos ellos, tú, has tenido el papel protagonista. Sin ti no hubiera podido hacer frente a ninguno de ellos. ¿Qué es ésto sino verdadera amistad? Ese mismo interés, esas miradas hacia la misma dirección: la Belleza.

Gracias por todo, Jefe.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. M.M. de jesús dice:

    A mí no sólo me hace bien, sino que me plenifica, da sentido a mi existencia, y un largo etc.
    Un abrazo en el amigo común.

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    1. ¡Bienvenida de nuevo! Me encantaría hablar contigo de ese “largo etc”, ¡si este Amigo nos juntara de nuevo!

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