Cuando desconecto del móvil

A veces, para no perder ningún detalle de la vida sólo hace falta darle a un botón. Parece que sea un acto egoísta el querer desentenderse de las personas al otro lado de la onda sonora. E incluso provoca en ellas pensamientos drásticos que no hacen más que dejar un sentimiento negativo en su corazón. Es en estos casos cuando pienso en la vida de antaño sin necesidades comunicativas veloces y al segundo, confiando y descansando en la vida del otro, viviendo un respiro de aire fresco conectando con la vida misma.

Debería ser obligatorio darle al botón. Quizás, mejor, ser respetado quien le diera, pero nunca criticado porque no saben que gana más éste en su vida que quien permite que las ondas calen hondo en la suya. La medida es la justa medida. Vivimos en un mundo globalizado e hiperconectado que parece inconcebible dejar de lado lo digital. ¡Cuántas gratas sorpresas, cuántos gestos y afectos, cuántas alegrías en vivo recoge la vida misma que lo digital no logra a albergar! Así, dejando ésta de lado, aconteció lo siguiente en 12 horas. Aconteció por una invitación; en este caso de una amiga y detrás de ésta, otra. Todo lo que la vida te llama a vivir viene tras una invitación. Y todo lo que puedes llegar a vivir viene tras poner en juego la libertad. Decir sí o no. Acoger o rechazar dicha invitación.

Un sábado lleno de emociones y pequeños gestos de humanidad que marcaron la diferencia con respecto a otros sábados. Un sábado acompañada de unas personas que no acostumbro a ver diariamente por no estar relacionado mi campo profesional ni personal con ellas. Unas personas que poco a poco van a dejar de verse por empeño de algunas otras que están en lo alto de la jerarquía y que parece que no han conocido a aquéllas por voluntad propia o por seguir la corriente social. Dejarán de verse incluso por no dejarlas nacer e incluso por acortarles la vida una vez visto su rostro, aspecto y previsto su vida en los próximos años. Dejarán de verse por no formar a cada persona en valores humanos donde ver a cada uno con su dignidad y derechos, por no trabajar el sacrificio en el amor, por no dar valor a un trabajo de entrega. ¿Quién va a querer perder su vida por recuperar la de aquéllas que pronto dejarán de verse?

Comenzó el día de camino a la playa para un encuentro con personas discapacitadas, perdón con anawines, como se prefiere llamar para no quitarles categoría ni buscar el desprecio. Nombre que significa los “pobres de Dios, los sencillos, los humildes para el mundo”. Y ya ahí un ambiente natural llegando al sitio reservado para este tipo de actividades con estas personas tan especiales. Todos a sus puestos, saludos, reencuentros con personas conocidas, puesta a punto con cremas, gorras, gafas, churros y aparatos para poder sumergirse en el mar mediterráneo. Un ambiente de familia entre voluntarios y anawinesse notaba que no era la primera vez que hacían ese plan, que se trataban, que se habían visto. Y aun no haber sido así, como fue el caso de algunos, se respiraba una ola de cariño desinteresado, un querer hacer la vida más fácil a estas personas. Éstas o sonreían, o te tocaban la cara, el brazo, la pierna, incluso te pegaban cariñosamente. Es su forma de comunicarse. Y, aunque parezca imposible, se puede entablar conversación con ellas.

El plan no era otro que echar la mañana en el mar, jugar dentro del agua, conversar, divertirse unos con otros. Salir al exterior y disfrutar juntos de un día soleado. Cuando llegó la hora de la comida todo siguió en su línea: más compartir, más amabilidad, más ambiente de familia. Aparecieron cajas grandes con bocadillos de todo tipo y botellines de agua para repartir a cada uno. Nadie quedó con hambre. El postre a base de sandía refrescante y dulces para rematar este desborde de generosidad. ¿Qué hace diferente esta estampa tan normal para algunos? Quizás lo diferente es que no es tan normal para algunos otros. Quien ha crecido en un ambiente de familia no le debe de asombrar tanto pero no deja de quedarse sobrecogido por una realidad un tanto diferente a la que suele vivir. Quien no está acostumbrado puede tener dos reacciones: verse abrumado por una situación que no puede controlar o acoger con facilidad; seguir mirando hacia otro lado no queriendo formar parte de una estampa así, se cree que no ha sido llamado a entrar en el juego del amor y del sacrificio en el amor.

Y sí, no se puede culpar (totalmente) a quien se ve abrumado o no logra controlar sus emociones. Los pilares sobre los que está sujeta la sociedad no ayudan. Los valores que acogen cada vida se dejan de lado y hacen más difícil que se pueda vivir estampas como las que encontré en la playa. No se puede dejar todo en manos de la jerarquía, de las modas caprichosas, y corre de nuestra parte el dar un paso al frente y apostar por cada vida que se tenga delante. ¡No sabemos lo que nos estamos perdiendo! Una sonrisa desinteresada y todo lo que ésta esconde en su interior. Una caricia desinteresada y todo lo que transmite. Un apretón cariñoso que habla más que un discurso; y así un sinfín de cosas que sólo un momento con estas personas puede aportar. ¿Qué será lo que eche para atrás a esa jerarquía, ese quedarse lejos o a un lado de los anawines? o, ¿será que quienes nos hemos acercado, permaneciendo a su lado, no hemos dado testimonio? Entonces, entonemos el mea culpa y hablemos de la alegría, de la gratuidad, del afecto desinteresado, puro; de una necesidad recíproca natural.

Cuando terminamos en la playa, mi amiga y yo fuimos al Cottolengo. Ella lleva todo un cuatrimestre realizando un trabajo sobre este servicio social, más que servicio, familia. Y me conmovió su forma de desenvolverse por la casa, cómo se relacionaba con las personas que están allí viviendo y con las hermanas que las cuidan. Me ayudó a integrarme (ya había ido otras veces pero la falta de continuidad hizo que perdiera la espontaneidad). Lo hizo de la forma más sencilla: hacer el tonto bailando. Pero no era un hacer el tonto sin más, sino hacer el tonto por amor, sacando una sonrisa a esas personas que sólo tienen a las hermanas y éstas muchas veces no llegan a ocupar todo un día de atención a estas personas. Necesitan de las manos de voluntarios. En ese baile entendí todo. De pronto todas las piezas encajaron. Sólo bastó una canción, Hola, don Pepito; hola, don José para comprender que el acto más heroico es olvidarse de uno, y el acto más hermoso es darse uno mismo.

 

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Hipolito Catalan Catalan Bono dice:

    Como tu bien dices:ese “algo” que lo hace diferente.
    Es complicado esplicarlo, como complicado es explicar la belleza de un amanecer. Son cosas que son para que nos empapen en su belleza.
    Mirar a una persona con discapacidad mental con ojos limpios es ver la MAXIMA DIGNIDAD DE LA PERSONA SIN DISFRACES: LA DIGNIDAD EN ESTADO PURO

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    1. ¡Buenas de nuevo, Hipólito! Dices que es complicado de explicar pero… ¡lo has dicho todo en pocas palabras! Gracias por expresarlo aun sin saber cómo hacerlo.

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  2. Hipolito Catalan Catalan Bono dice:

    Gracias, por mirar con mirada abierta a lo que la vida nos pone por delante, y ser capaz de de descubrir lo bueno y lo bello y lo verdadero que el amor de Dios transmite a traves de los anawines.
    Nos encontramos en el paseo de la malvarrosa cuando ibas con Belen, y os queasteis a comer con nosotros en el puesto de la cruz roja

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    1. ¡Buenas noches, Hipólito! Perdona que te conteste ahora, he estado desconectada de lo digital por unos días. ¡Gracias a vosotros por vuestra labor diaria! Yo sólo fui un día, ¡¿qué es eso?! Realmente, se aprende tanto mirando a los anawines. Y no sólo mirándolos, sino relacionándonos con ellos. Y también con todos los voluntarios y las hermanas del Cottolengo. Hay en el ambiente “algo” que lo hace diferente al resto de ambientes. Y hace mucho bien acudir a respirar y dejarse perder en ese ambiente de vez en cuando. ¡Un saludo y esperemos vernos pronto!

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