One to God

Siempre hemos tenido la necesidad de hablar. No podemos resistir un día callados a no ser que nos lo impongan o queramos vivir unos días de retiro. Está en la naturaleza del ser humano relacionarse y no sólo a través de su persona sino también mediante las palabras. Hay mucho en su interior para ser compartido, para ser sacado al exterior, para ser expulsado si hiciera mal. ¿Qué sería de nosotros sin esa persona que nos escucha?

Hay necesidad porque nosotros mismos somos nuestro límite y, para crecer, necesitamos salir de nosotros. No podemos resistir callados porque eso de lo que necesitamos hablar brota tan fuerte dentro de nosotros que nos es imposible guardarlo un día más. A veces nos imponen que callemos por nuestro bien. A veces queremos vivir retirados para lograr poner orden en lo que llevamos dentro. Y muchas otras lo guardamos por miedo o por vergüenza. Hay un demonio mudo que nos impide caminar en la verdad aun nosotros querer hacerlo. ¿Qué sería de nosotros sin el silencio que nos habla?

Hay resistencia porque nos creemos los dueños y señores de nuestra vida. Nos duele e incluso escuece escuchar de otros lo que debemos o estaría bien hacer. También ofrecemos resistencia por querer hacer nuestra voluntad pensando que de otra forma no vamos a alcanzar el bien buscado. Luego la vida, la gente, Dios, te pone en tu sitio; más bien, te devuelve a la realidad: tu vida. Los esfuerzos personales individuales no llevan a buen puerto, empiezan pero no acaban, restan a la larga en lugar de sumar. ¿Qué sería de nosotros sin una mano amiga que nos sostiene?

Unos llaman a este compartir con un otro conversar; otros, si eso de lo que se habla pertenece a un nivel más interior, dirección espiritual; muchos otros, si eso de lo que se habla necesita tratamiento profesional, terapia. Y otros, como yo, lo llaman simplemente sinceridad, abrir el corazón. Los británicos y supongo que los americanos también, junto los de habla inglesa, lo llaman one to one. Esta sinceridad nos la pide nuestra persona, nuestra conciencia, nuestra alma, nuestro corazón. ¡Nuestro yo pide vivir en la sinceridad! Todos, en cualquier ambiente, con un amigo, con un sacerdote, con un psicólogo, con un familiar, necesitamos hablar en la verdad, en esa que rige nuestra vida y sin la que no podríamos vivir en plenitud. ¿Qué seria de nosotros sin la sinceridad que nos da vida?

Caminar de la mano de peregrinos en busca del Camino, la Verdad y la Vida. Necesitamos mirarnos desde fuera y, pensémoslo, quién puede hacerlo sino los demás por nosotros. No tiene sentido tener una imagen de nosotros haciéndonos creer que es la real, la más cercana a nuestro yo, la ideal… ¡Cuántas cosas se nos escapan! No hay nada mejor que convivir para darnos cuenta de que somos la mitad de lo que creíamos ser. No hay nada mejor que decirle a una persona de confianza que nos diga cómo nos ve o cómo somos. No hay nada mejor que leer un artículo sobre nosotros. Sí, porque tanto para lo bueno como para lo malo, entre lo que pensamos y lo que realmente es, hay un abismo. ¡Qué gratas y no tan gratas sorpresas nos encontramos! Y esto es crecer; romper con lo que nos separa de nosotros. Esto es madurar; escuchar y cambiar. ¿Qué sería de nosotros sin la convivencia que nos habla de nosotros?

One to God, un uno a uno con Dios. Para los cristianos nuestro mejor espejo. El único que consigue hacernos reflexionar desde lo profundo de nuestro ser. ¡Bendita conciencia! Ella es la que nos impulsa a conversar, a articular palabra, a salir de nosotros. La conciencia no es una vocecilla, es Dios que habita en nosotros. En ese alma que tenemos olvidada y que pide a gritos que le devolvamos su dignidad. Ese alma, tú, yo, que necesita adentrarse en un Camino que le ayude a crecer para adentro; ese alma que anhela conocer la Verdad de su existir; ese alma que quiere vivir la Vida donde convivir desde la sinceridad. ¿Qué sería de nosotros sin esos ángeles que pone Dios en nuestro caminar para pisar blando?

Nada de esto sería posible sin un abrirse y sin alguien con quien hacerlo.

 

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