“Gracias, perdón, ayúdame más”

Escribo lo siguiente con retraso no por pereza sino por ver reforzada la experiencia que viví hace un año por la nueva experiencia que estoy viviendo desde hace unos meses. El último día del 2014 fui con una amiga a despedir el año de una forma diferente. Me encontraba yo con otro ánimo, no lo había perdido sino que mi persona pedía compartir esa noche con personas de fuera de mi entorno familiar y de amistad. Encaminamos nuestros pasos hacia el Cottolengo. Y allí ocurrió lo inesperado: recibir cuando se ha propuesto dar.

Ni ella ni yo sabíamos lo que nos esperaría allí dentro. Es verdad que es un lugar especial y que por tanto viviríamos algo especial pero no cómo de especial. El Cottolengo es un hogar, una familia. Allí acuden personas con alguna enfermedad crónica y que no tiene economía suficiente para ser tratada en otro centro. Son personas entregadas a Dios las que atienden a los que viven allí y lo hacen con su amor y con los recursos que la Providencia les trae. Esa noche decidí ir allí. Dio la casualidad (por no decir otra cosa) que esta amiga volvía de su estancia en el extranjero y no nos habíamos visto desde entonces. Su nombre vino a mi mente a la velocidad del rayo para compartir esa noche porque tanto ella como yo sabríamos saborear el momento vivido allí. Por circunstancias que no vienen al caso, necesitábamos una noche así. Y allí. Las dos juntas.

En esa tarde noche entramos en la capilla, nos sentamos en  un banco y escuchamos villancicos en presencia de Dios y de todos lo que allí vivían, más los amigos y familiares y las que les cuidan. Fue una hora de tranquilidad, de música y de oración. Mi amiga no es católica, desconozco si cree. Pero eso no fue problema ni me inquietó en ningún momento porque la vi serena, contemplando cuanto pasaba a su alrededor. Al terminar fuimos a una sala común para tomar las uvas y unos turrones. Pusimos música y luego tocamos la pandereta al son de villancicos cantados por todos. Los enfermos que viven allí transmitían mucha alegría y paz. Se les veía a gusto. ¡Y cómo se quieren entre ellos! Nos hicieron sentir como en casa, no nos importó estar allí perdiéndonos la movida madrileña ahí fuera.

¿Y qué tiene que ver todo esto con ese “gracias, perdón, ayúdame más” y la experiencia de estos meses? Todo. Al terminar la noche en el Cottolengo mi amiga y yo volvimos a casa andando. Y no fue una vuelta a casa común al resto, no. Como por arte de magia (por no decir otra cosa) empezamos a dar gracias por ese momento. Y no sólo ese. Mi amiga propuso ir dando gracias por todo lo que el año (por no decir otra cosa) nos había regalado. Y una vez ella, luego yo, y así sucesivamente, fuimos dando gracias. No nos quedamos completas sin terminar pidiendo. Una a una fuimos pidiendo por lo que necesitábamos en ese momento, por lo que queríamos cambiar y por lo que nos inquietaba. Fue todo muy armónico, natural, necesario. Nos brotó de dentro (aquí sí que no digo otra cosa).

Todo esto dio lugar a una profunda conversación que habíamos dejado aparcada los años que nos conocimos y los que no estuvimos juntas. Y nos hizo darnos cuenta de la necesidad que tiene el ser humano de compartir para expresarse y ser él. De encontrarse con un igual y hablar en confianza, en un ambiente de familia. Y justamente de ésto era lo que quería hablar con esa experiencia. La tarde noche en el Cottolengo me vino a recordar de qué pasta estamos hechos y que debemos cuidarnos más, a nosotros mismos y a los demás. 

Dar gracias y pedir. ¿Cuántos se paran en el día a esto? En mi piso lo hacemos por la noche antes de irnos a dormir. Preparamos la mesa con una o dos velas blancas alumbrando dos imágenes, una de Jesús y otra de la Virgen María. A veces de la Trinidad. Nos ayuda a guardar silencio y a recogernos interiormente. Después, libremente cada uno, damos gracias por lo que Dios nos ha regalado en el día y le pedimos en nuestras necesidades. También reconocemos en qué hemos fallado y le pedimos su ayuda. Es un momento único. Es un momento de familia y de fraternidad. Si hay algo que destacar del piso es esa Luz especial que desborda por ese momento. ¡Cuánto hace crecer la convivencia y la amistad un rato de compartir desde el corazón! Nos quitamos las máscaras, nos mostramos tal cual somos, nos sentimos débiles y nos hacemos fuertes con los demás. Somos.

¿Quién quiere ser? Ser para vivir. No se vive no siendo.

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