Regalos inesperados

Hay personas a las que no les gusta nada las sorpresas. No estoy entre ellas pues me encantan esos regalos inesperados que te alegran el día. Últimamente he recibido unos cuantos y todos relacionados con la música; quien me los enviaba sabía muy bien que no iban a pasar desapercibidos a mis ojos y oídos.

Quizás para saber valorar estos regalos y estar abiertos a los mismos nos hace falta desarrollar la capacidad del asombro. Sí, asombrarse por las cosas tanto pequeñas como grandes. Asombrarse por la vida y cuanto hay en ella. Lo leía hace poco en un artículo de una amiga sobre un libro que trata concretamente del asombro.

Así es como se disfruta y se hace disfrutar al de al lado. Si no somos capaces de percatar la belleza de todo cuanto nos rodea y acercarla a los demás nos estamos perdiendo una parte importante de la vida y, añadiría, del sentido de la nuestra. Es indescriptible lo que uno experimenta al ser avivado por la admiración de otro y por vivir en sus propias carnes el admirarse por cualquier acontecimiento. Sí, admirarse nos devuelve a la vida y nos da la vida. Nos sitúa en un plano de humildad y pequeñez ante lo grandioso que sucede ante nuestros ojos, en nuestro interior o en la vida de otro. Un arcoíris, una ecografía de un embarazo o un testimonio de vida; y también el plano de una casa, un corte de pelo o una forma de hablar. Todo provoca admiración si tenemos los sentidos despiertos y educados, y estamos abiertos a ser admirados.

Mi admiración por la música no es que estuviera aletargada pero un fin de semana en la capital catalana hizo que se disparase aquélla. Cada día estuvo lleno de pequeños grandes regalos musicales y todos ellos en riguroso directo, de manos de un guitarrista de la calle y de unas voces angélicas procedentes de Turín y Hungría. ¿Qué se puede decir de la música que no esté dicho? ¿Cómo no quedarse atrapado entre sus notas? ¿Es posible admirarse de una canción que sólo tiene como letra las palabras “Ave Maria“? Se puede decir todo y nada de la música pero no hay duda que se vive e interioriza aunque no se pueda expresar después todo aquello; uno queda atrapado siempre, no hay forma de insensibilizarse; es posible admirarse de esas dos palabras cuando han sido cantadas con toda la devoción, respeto y dulzura que uno pueda imaginar.

El guitarrista de la calle era un virtuoso de este arte. No había canción, por difícil que pareciera, que se le resistiera; ahí estaba él para acercárnosla con todo lujo de detalles, agudos, graves. Lo más bonito de todo fue ver que disfrutaba con cada acorde; su golpeteo de los pies al suelo siguiendo el ritmo y el movimiento de todo su cuerpo lo manifestaba. Y esa sonrisa, esa expresión de dolor, duelo e intensidad en su cara enfatizaba su pasión por la música y cuanto estaba interpretando. Pocas veces se ha visto algo parecido, hora y media deleitando al numeroso público sentado a los pies del Montjuïc y abandonado al artista. Las propinas se fueron sucediendo pero este artista poco caso hacía de las mismas porque él estaba allí para hacernos vibrar, asombrarnos, valorar la música y el poder de ésta.

Al otro lado de la ciudad, en el interior de la Sagrada Familia, esperaba otro recital musical con el que despertar hasta el alma más adormecida. Después de la Misa y en mitad de la Acción de Gracias, unos jóvenes cantores de dos coros europeos se pusieron alrededor de la cripta para entonar sus voces angélicas. ¡Qué belleza la convergencia de voces y qué arte el saber ponerlas al servicio de aquélla! Esos niños y niñas quizás no sabrían el bien que estaban haciendo a sus almas y a las de las personas allí presentes. Nosotros lo sabíamos bien tan pronto como escuchamos el primer acorde con esas voces tan blancas, inocentes y llenas de un don especial.

Uno se queda desarmado ante tal derroche pero con un espíritu renovado. Al Jefe: gracias, y a sus servidores: muchas gracias.

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