Santiago, buen camino

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Todo empieza como una broma, un quiero y no puedo; lo siento, no me viene bien. Al final uno se ve enfundado en unas botas de montaña llevando a la espalda una mochila camino de… Santiago, y preguntándose ¿qué se me ha perdido allí? Todo y nada. Mucho y poco. El comienzo y el final. Un camino en la vida.

No importa desde dónde se empiece, todos los caminos tienen algo en común: nunca dejar de caminar, dando un paso tras otro con ánimo decidido. El número final de kilómetros recorridos sólo hacen estar un poco más orgullosos de la hazaña realizada pero el sentido del Camino no lo cambian ya que se va por una cosa que cada uno tiene que descubrir antes o durante el Camino. Aunque bien es cierto que tener un por qué y un para qué en cada paso reducen el dolor, la fatiga y el cansancio que envuelven al Camino.

Dicen que los peregrinos se lanzan a andar sin rumbo, sin un guión premeditado; sólo saben que van a Santiago y a ver qué pasa después. Dicen también que cuando llegan y se plantan frente al apóstol encuentran el sentido de las mañanas caminando bajo la lluvia o el sol gallegos, entre conocidos o no tanto y personas de otros países y culturas de todo el mundo. Dicen incluso que el Camino se ha convertido en un evento social con efectos externos, mucho ruido y pocas nueces, donde los caminantes no hacen honor al significativo nombre que se les da: peregrinos, es decir, viajeros que inician un camino por devoción o por voto a un lugar sagrado o santuario.

Dicen mucho pero no ven nada. El Camino no es lo que dicen es lo que sucede. Es mucho más de lo que puedan pensar otros e incluso uno mismo; hasta que no se camina no se sabe nada, ni cómo es uno, qué le duele o deja de doler, por qué está ahí en medio de la nada con extraños, qué le motiva o le molesta. Al caminar uno se descubre, ya sea en contacto con la naturaleza o metido en una conversación con esos extraños que al final son como de la familia. Porque no todo sucede cuando se le da el ansiado abrazo a Santiago; los milagros ocurren cuando se ha puesto una piedra tras otra en el Camino construyendo el día a día de cada uno, el paso a paso, para estar más lejos de la vida vivida y más cerca de la nueva.

Es imposible poner palabras a una experiencia, a unos sentimientos, a unos pensamientos que sólo tienen explicación dentro del Camino; ahí uno entiende y desentiende todo. Superficialmente el Camino es un paseo entre amigos a Santiago, ciudad de vacaciones. Incluso los que van en ese plan experimentan el misterio del Camino y se nota. Es bonito ver que todo peregrino recibe una pequeña porción de la personalidad del apóstol Santiago durante su caminar, porque el Camino deja huella. Para unos más o menos grande y profunda. Pero Santiago nos deja tocados, abiertos a la vida y, quizás, a la Fe.

El Camino antiguamente se vivía solo, caminando en silencio, meditando la Pasión del Señor y rezando el Rosario. Hoy en día también se vive así pero menos exteriorizado. En una sociedad ruidosa como la que tenemos es casi imposible imitar a los peregrinos de aquella época aunque eso no excusa y sí se ven a muchos de ellos con Rosarios o caminando en silencio disfrutando del verde del paisaje rezando y pensando o rezando pensando (y viceversa). No bajarán y subirán las cuestas con el libro de la Pasión en las manos pero sí que lo tendrán entre ellas cuando lleguen al pueblo del final de la etapa y vayan a la Misa del Peregrino que les aguarda horas más tarde. Quien quiere, puede.

Bien es cierto aquello que dice el poema de Antonio Machado, “caminante no hay camino, se hace camino al andar” y mucho mejor con un amigo al lado, una persona con la que compartirlo, trazarlo, y sufrirlo. El silencio se puede vivir y entender de muchas formas. Habrá el silencio de móviles y aparatos electrónicos que se traducirá en un silencio de impactos negativos y en un eco de palabras que llenarán conversaciones y reflexiones internas. Aunque en un mundo tan mediatizado, digitalizado y, por tanto, despersonalizado, es necesario que el Camino se llene de conversaciones personales, de tú a tú, y recuperemos lo que fuimos un día: personas abiertas a la vida, al mundo, a otras personas, al amor, a la generosidad, a la escucha, al perdón, al respeto, a la paz, a la misericordia, a la alegría, a la Fe, al encuentro.

Iniciando el camino de la vida

Cuando acabes, sal de la Catedral por la puerta Sur, la Puerta de las Platerías. Fíjate en la fachada. En el parteluz, entre los arcos de las dos puertas, hay un Crismón, símbolo de Cristo. Pero las letras están al revés: la Alfa se ha vuelto Omega, y viceversa. El fin se hace principio. La meta del Camino es ahora el comienzo de otro camino, de la nueva vida que empiezas. (Texto extraído de www.catedraldesantiago.es)

[Dedicado a todas y cada una de las personas que me encontré durante el Camino de Santiago: ¡Sois un tesoro para mí!]

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