Algo más que carne

Sí, el ser humano no es sólo carne (cuerpo) sino que también es alma. Y al igual que aquélla necesita alimentarla. Quizás parezca una idea descabellada pero es posible dar de comer a una cosa inmaterial. Igual que alimentas la memoria de libros, películas, conversaciones y experiencias, así también pasa con el alma.

Pero quería referirme a otro tipo de comida: la espiritual, y cómo personas ajenas se preocupan por administrárnoslas o facilitárnoslas. Hace unas semanas he podido comprobar la necesidad que tiene el alma (y en consecuencia la persona) de recibir tal alimento. Hablo de la confesión y de la comunión.

Un domingo en Misa había una señora en silla de ruedas. Le acompañaba una mujer y en el momento de la comunión no llegó hasta el sacerdote por no haberse dado prisa. Otra mujer se percató de ello y al final de la Misa se acercó al sacristán para pedirle si podía dar la comunión a esa señora. Y así ocurrió; recibió al Señor como ella había deseado desde el principio.

Unos minutos antes de que comenzara la Misa había una chica joven que quería confesarse. Así se lo comunicó al sacerdote que, tras coger la estola morada, se dispuso a confesarla. Se sumaron a ella otros tantos, hombres y mujeres, formando una larga cola para la Confesión. La Misa se retrasó quince minutos ya que el sacerdote que estaba confesando era el mismo que celebraría después.

En ambos casos se ve claramente la disposición externa e interna de los protagonistas (sacerdote y laicos). No es sólo el llegar a la Iglesia, entrar en ella y sentarse en uno de sus muchos bancos para tener tranquila la conciencia. Es un gran paso pero de nada valdría esa disposición externa si no se apoya en los más importante: la humildad. Después de ésta la Fe, la oración, el arrepentimiento, la esperanza, el amor y muchos otros más.

Aquella mujer que intermedió para que le fuera posible recibir el Alimento a la señora en silla de ruedas, realmente cree en el poder de la Comunión, cree en las Gracias que concede al alma y las fuerzas que recibe para enfrentarse a un día más lleno, quizás, de nuevas luchas y derrotas. Para los que vimos cómo se preocupó aquella mujer, fue como un toque de atención, sutil pero eficaz. No estamos en esta vida para salvarnos a nosotros mismos sino también para arrimar el hombro (y la mano) al que tenemos a nuestro lado.

Aquel sacerdote que pospuso la Misa unos minutos para dar el perdón y ejercer la misericordia con los laicos que se acercaron al sacramento de la Confesión, verdaderamente ve la necesidad del alma ajena que pide ser escuchada, renovada, henchida y perdonada. Quien presenciara aquella acción, llamativa por la cola pero comprensible, fue como una apelación a dejar a un lado los miedos e ignorancia hacia la acción santificadora que mana de la Absolución (cuando son perdonados los pecados).

Aquella chica que se acercó a la Iglesia, que estuvo un rato de oración y que, finalmente, comunicó al sacerdote que quería confesarse, claramente desea vivir como Dios quiere que todos los hombres lo hagan: de cara a la Verdad, sin dobles vidas y con amor y misericordia hacia los demás. Los que estábamos en esa Iglesia y observamos el recogimiento de esa chica en la oración y su cara de felicidad tras la Confesión, fue como recibir un pinchazo en el corazón para despertarlo y moverlo a la compasión, a la humildad y a la contrición; que no es tarde si de verdad se quiere.

Dios no nos habla sólo en la oración personal sino que se vale de pequeños gestos y de personas cercanas a nosotros para avivarnos la conciencia y hacernos ver que en esta vida no estamos nunca solos.

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