Pidiendo limosna

Hace poco leí un artículo escrito por el párroco de un iglesia en su boletín informativo. Trataba sobre la “ayuda” que prestamos a las personas que mendigan en los alrededores de las iglesias o en sus centros caritativos.

Daba pistas sobre otra manera de ayudarles. Como siempre nos quitamos el problema dándoles la calderilla que encontramos en nuestros bolsillos, él proponía reservarnos ese pobre dinero y guardarlo en un bote a parte. Más adelante os cuento qué propone hacer con ese bote, antes quiero comentar varias apreciaciones sobre este problema que acecha a muchas ciudades y les da mala imagen.

Ya sabemos que el mundo está mal repartido, que los ricos siguen siendo más ricos y los pobres cada vez más pobres; que hay personas que miran para su ombligo y otras que desgastan su vida por los demás. Aun así, todavía hay posibilidades de hacer de ese mundo, un lugar digno donde vivir. Con acciones responsables y comprometidas para con el de al lado. Muchas veces vemos a estas personas mendigando y enseguida pensamientos negativos atacan nuestra mente. Y no es para menos, pero también, una parte de nosotros comprende la situación por la que están pasando.

No somos quién para juzgar. La vida da muchas vueltas y uno no sabe a dónde puede llegar por unas circunstancias u otras. Es verdad que uno no busca esa situación y que si quiere, puede salir de ella. Lo importante es la actitud. Ya se han visto muchas familias “de buen ver” en las colas de los comedores de cáritas… Nada es nuevo ni nos asombra. Ahora bien, hay mendigos y mendigos. Es curioso, pero hay clases en todo tipo de situaciones.

Hace unos meses comentaba con una amiga esa situación comprometedora de cuando se te acerca una de esas personas a pedirte dinero o comida. Con esas caras y voces inocentes. Pero sobre todo, con esos ojos. No sé si os habéis fijado o si alguna vez os habéis parado a mirarles a los ojos. En muchos aún hay vida, en otros hay miseria. De todas formas, debemos atrevernos a mirarles cara a cara. Muchas sorpresas (buenas) nos esperan tras ese cruce de miradas. Aquella amiga sabe de lo que hablo y yo os puedo asegurar que hay mucha belleza y una lección en cada una de ellas.

Sé que puede parecer inocente pero como he dicho antes no somos quién para juzgar a nadie. Esto no quita que con la caridad pongamos la prudencia y la razón en marcha. Hay mucho mendigo listo merodeando por las ciudades y debemos estar atentos porque en ese caso la sorpresa no será buena. Hemos visto a mendigos con mal carácter que cuando les hemos negado el darle algo para comer o simplemente unos céntimos, nos lo han recriminado y han soltado palabras mal sonanates en nuestra cara y a voz en grito. No niego que esto no exista, pero no todos son así.

Volviendo a la propuesta de aquel párroco y al bote con el dinero, proponía otra manera de ayudar. Primero, y como mucha gente habrá hecho, podemos acercarnos a una cafetería y comprarles un bocadillo o un café. Quizás podemos ir con él a un supermercado y comprarle algo para comer. Lo importante es saber que ese dinero se ha utilizado para algo provechoso y que le hará bien. La segunda propuesta tiene que ver con el bote lleno del dinero que hemos recaudado de las veces que hemos sido interpelados por mendigos. Lo llevaremos a una organización oficial o fundación que sepamos con seguridad que se encarga de estas personas o que destinan el dinero a acciones de socialización e integración.

Hay muchas personas comprometidas con este problema social y hemos de ayudarles a poder llegar a más gente deambulante. Podremos así pintarles el cielo más azul y quizás, darles un motivo para salir de esa situación. Si reciben caridad de seguro que se sentirán movidos a responder con un cambio en sus vidas.

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