Y un, dos, cha cha cha

Después de leer un artículo de Paulo Coelho sobre bailar y tras experimentar el movimiento acompasado del cuerpo con la música, no puedo reistirme a considerar el baile o danza como parte valiosa en nuestra vida. Uno no sabe lo que siginifica hasta que lo vive en su propia piel. Muchos hablan del baile como la expresión más personal e íntima del ser humano. Algo de cierto se esconde en esas palabras.

Es verdad que cuando se conecta con la música y el cuerpo empieza a moverse en armonía con aquélla, el alma, la cara y la mirada se llenan de un brillo diferente y transmiten más que nunca.

Pocas veces se sintoniza con todo aquello pues en muchas ocasiones no hemos sabido elegir el local, la compañía o, simplemente, la música. Quizás el día no nos acompaña y no estemos para bailecitos, pero nuestro ánimo, tras percibir las primeras notas, cambia ciento ochenta grados y deja paso a uno de los mejores momentos del día: cuando música, cuerpo, mente y alma se entrelazan en una sola cosa y, a ojos de los demás, resulta de lo más atractivo y bello. La música, con sus diversos ritmos y compases,  es una invitación a cada persona a que se abra a la transmisión de su propio estilo y su cultura.

Del baile se aprende. Y del baile se desprende sabiduría, al igual que se reflejan valores de respeto y amor. Además de existir una comunicación no verbal entre las personas que disfrutan con nosotros del baile, hay otro tipo de comunicación, llamémosle comunión. Sí, se vive una comunión con la propia persona, con nuestro ser, nuestra libertad, nuestra alma alegre. Quizás resulte extraño, pero quien haya bailado alguna vez llegando a no importarle ni lo más mínimo dónde lo hacía, con quién estaba, qué hora era o si estaba solo en la pista, sabrá de qué hablo. Es una experiencia inolvidable.

Es una bomba de aire fresco que llena los siguientes días de vitalismo. Invita a ponerle música a cada acción que realicemos, ya sea en el trabajo o en casa. Siempre hay tiempo para una canción. Cuando se llega a esa comunión y, por tanto, a la aceptación de uno mismo, el cuerpo empieza a desplegar toda su hermosura. Los gestos que desprende junto con los faciales, se convierten en deleite para la audiencia. Resulta que cuando uno disfruta, sin proponérselo, hace difrutar al resto. Y para ello no hace falta sustancias adicionales. Sólo, música.

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