Pendientes de un hilo

Comienzo nueva entrada sin saber, en un principio, en qué lado posicionarme respecto a Internet.

Sabemos y saben muchos expertos e investigadores que Internet ha dado cierta chispa a la vida del siglo XXI. Quizás esta chispa se nos esté yendo de las manos si nos adentramos en el mundo de la privacidad, del curioseo o de las pasiones.

Lo que no hay que perder de vista es que Internet no es un ente impersonal, al contrario, tiene vida personal porque lo alimenta una persona, le da vida cada vez que introduce nuevos algoritmos. Hablamos de Internet como si no formara parte de cada uno, como si ese uso “para bien o para mal” no dependiera de nosotros. Internet eres tú, y tú decides qué quieres hacer con esa gran ventana abierta al exterior que conecta múltiples puntos, personas, negocios, países cada vez más lejanos e insospechados.

Internet es una gran batalla contra uno mismo o una gran oportunidad de vencer obstáculos personales y profesionales. Como el pan de molde, Internet lo abarca todo. Es imposible no dejar huella y no encontrar las huellas que otros dejaron. En esto ultimo quería centrarme, desde la perspectiva de contar con una herramienta que posibilite la unión con las personas y su ambiente en donde quiera que uno se halle.

Las personas tenemos inscrito en nuestra naturaleza lo social. Relacionarse, salir al encuentro de otras personas, dar y recibir, es común entre los mortales. Internet ha conseguido englobar todo ello con solo un clic y a una velocidad escalofriante. Ha permitido que cada persona pueda mantener sus pertenencias (familia, amigos, lugares, gustos…) sin necesidad de moverse físicamente aunque esa persona decida echar a andar hacia caminos diferentes a todo aquello.

Solo me queda aplaudir y dar las gracias a los que dieron con la fórmula de la conexión global. Han acortado tiempo y distancia. Quizás una pega: nos acrecienta la impaciencia. Internet es instantáneo y en consecuencia, nosotros nos queremos convertir en instantáneos y que los demás, por rebote, también. A veces una retahíla de preguntas se aparecen en el horizonte: cómo vivíamos hace veinte años. Cómo era la espera de una carta en tiempos de guerra o de vacaciones. ¿Es verdad que habremos mejorado humanamente con todo este mundo de Internet? Cada cual que examine su conciencia.

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