“Mirad cómo se aman”

Once de abril de dos mil trece, para unos aún es tiempo de cambios y adaptaciones, para otros es una continua lucha para hacer valer y perdurar valores. Y es que a estas alturas de la vida todavía hay muchos a quienes les extrañan unos simples gestos llenos de amor. Unos gestos que últimamente han llegado de la mano del nuevo Papa, como si aquéllos no se hubieran realizado anteriormente por otros tantos Papas o, sencillamente, por gente de a pie.

Lo “malo” de todo esto es que tanto el Papa Francisco como el resto, los hacen como si nadie les estuviera viendo, como si se encontrasen solos con esa persona, donde adquieren más valor, y en realidad millones de personas los ven, los comentan y escriben sobre eso hasta la saciedad. Estamos en un mundo donde la caridad se ve como extraña, como si fuera una turista de visita. Nunca permanece y se le mira con respeto, incluso con indignación. Hoy un detalle tiene doble lectura.

Retomando la idea de hacer las cosas como si nadie las viera, habría que tener en cuenta el hacerlas porque sí, porque se quiere y porque va nuestra felicidad en ello. Hace un par de días oí en un reportaje sobre la fe que la felicidad es una puerta abierta hacia afuera“, que se encuentra saliendo de uno mismo, mirando por las personas que se tiene alrededor. Hay personas acostumbradas a saludar cuando entran en el trabajo o se cruzan con un conocido. Gente que toca a la puerta antes de abrir o que espera a que salgan los demás antes de entrar. Todo esto está muy bien, es lo que toca y se espera de cada una.

El asunto o la diferencia está cuando hacemos un poco más de lo que se establece que hay que hacer por mera educación, respeto o protocolo. Es un estilo de vida y, por tanto, cada día tiene que ser vivido. No importa quién se tenga en frente para mostrarse amable y tratarle con respeto y caridad, pero sí es importante aclarar que no tiene ningún mérito ser simpático con quien lo es, querer a quien nos quiere, sonreír a quien nos sonríe.

Este estilo de vida cobra valor cuando somos caritativos, personas de una pieza, tanto con quien se interesa por nosotros como con el que no le importa lo más mínimo nuestra vida. Una persona que está acostumbrada a pensar en los demás, a salir de sí misma y a darse a cada uno, le parece lo más normal del mundo. Ya nace de ella el hacerlo y no se plantea dejarlo de lado de la noche a la mañana. Raro sería esto. Y un gesto de este tipo, a personas que no están acostumbradas a realizarlos o, simplemente, a verlos, se quedan trastocadas, casi enmudecen o no saben cómo reaccionar.

Sea como fuere, lo agradecen, les llega y a muchas les hace reflexionar aunque sea por un breve periodo de tiempo. El ejemplo arrastra hasta a una figura de bronce. Y esto es lo bonito de la caridad, del amor hacia nuestros amigos, conocidos, familiares y vecinos: mueve a todos ellos a hacer un tanto de lo mismo con sus amigos, conocidos, familiares y vecinos. Hay quienes necesitan esos gestos como el respirar y buscan siempre ocasiones y personas donde poder plasmarlos, y hay otros muchos que necesitan de esos gestos para conocer otra forma de amar.

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