Pasos con nuevos horizontes

Esto que escribo ahora cumple un año, lo redacté en unos días que estuve fuera de Valencia capital como hace apenas tres días.

Sé que para empezar quizás sea demasiado “especial” el tema, pero me he visto con las ganas de compartirlo, dice así…

Te escribo a ti que me has encontrado. Supongo que te preguntarás qué hace una hoja como yo en un sitio como éste… ¡No andas mal encaminado!

En realidad no soy una hoja normal y corriente, soy antes que nada una historia, una experiencia de cinco días en una casa a las afueras de Valencia (como la que te encuentras tú ahora cuando te has decidido a venir).

Es Navidad, bueno, ya han pasado dos días, y lo raro es encontrarse conviviendo con veinte personas que no conoces, sólo algo de oídas, de unos días sueltos… el nombre y poco más. Aparte te cuento algo aún más extraño: estamos en silencio. De acuerdo, no en total silencio porque a poco menos de diez metros tenemos unos obreros dándole al martillo, y además nos envuelven otros ruidos y sí, hay lugar también para alguna risa suelta y comentarios que se cuelan entre una cosa y otra.

Decía que es Navidad y aunque lo más normal del mundo sería estar con nuestras familias, hemos optado por pasar unos días de recogimiento interior, ¿de recogi… qué? Sí, de parón, de silencio, de valorar las cosas… ¡De pensar y rezar tranquilamente! Y otra cosa importante, ¡de contemplar! Porque aquí hay Naturaleza, hay sonidos entrañables, hay un Sol radiante con el que combatimos el frío y sobre todo, hay unas estrellas guías muy luminosas por la noche que te invitan a pasarla en vela.

Supongo que pensarás que somos gente rara, que hacemos cosas extrañas cuando el resto de los mortales canta, sale de compras, se reúne con sus familias, comen de todo hasta hartarse y ve la televisión o está en el ordenador hasta que el cuerpo pide cambio y descanso. ¡La vida es muy curiosa! Sí, y la gente aún más. El mundo está lleno de contrastes, de ahí su atractivo.
Unos se levantan a las 7 de la mañana, cuando el otro hemisferio se está poniendo el pijama para dormir. Unos viven la Navidad helados, con nieve, frío y bien tapaditos con gorros, bufandas y abrigos, mientras otros celebran Año Nuevo en la playa ¡haciendo surf! Por eso, yo no lo veo tan raro, es más, incluso lo recomiendo.

El otro día conocí una madre finlandesa que me hablaba de la tradición de su país en Navidad. Me contaba que en Nochebuena, no se puede molestar a nadie, porque son unos días donde ocurre algo importante y cada uno tiene que vivirlo plenamente sin ninguna distracción.
Esto mismo es lo que he venido yo a vivir aquí con estas otras tantas personas. Ese “algo importante” resulta ser Dios, mejor, el Niño (no la marca ni el jugador de fútbol). Me gusta decirle niño porque me invita a más: darle mimitos, hablarle con sinceridad y sencillez, ser yo misma, natural y cogerle en brazos con total seguridad a la vez que recibo de Él un tanto de lo mismo… ¡Pues qué bobada! (pensarás) ¡Tú, una mujer hecha y derecha…! Bah!

Bueno, pero permíteme que comparta contigo la experiencia que te comentaba al principio. La verdad que esta experiencia no se manifiesta al 100% externamente, más bien empieza en el corazón, en el alma… Y ahí se contagia y sale la alegría transformada en una sonrisa radiante, un gesto más amable, un trabajo hecho con plena conciencia y sentido… En fin, en una vida llevada como Dios manda. Y esto resulta que pasa una vez al año y si nosotros queremos, que no siempre es así y entonces vamos a remolque.

Con los días de silencio en esta casita tan acogedora con venga de adornos navideños y el Niño en la cuna, es fácil llegar a lo que te comentaba. Quizás cuando salga de este pequeño sueño, la realidad me desborde. De momento, puedo decirte, no cambio a nadie mi sitio, aunque es verdad que cuento los días para volver a ver a los míos, ¡tiempo al tiempo! Todo llega, mucho más y mucho mejor (con un toque de Jarabe de Palo), sólo hace falta centrarse en lo que estemos viviendo, porque sin paz ni tranquilidad y mucho menos sin la esperanza de esperar lo que tanto ansiamos, difícilmente aquella experiencia, mi experiencia de ese “algo”, podrá darse.

Si el año que viene decidiera vivirla otra vez, ¿te vendrías conmigo?

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